En la previa de una nueva final del mundo, la épica: de ese partido en Argentina-Inglaterra, probablemente podamos olvidarnos los goles, pero nunca vamos a olvidarnos de la rústica bandera que rezaba que las Malvinas son argentinas.

Nadie entiende por qué después de haber marcado el que probablemente sea el gol más importante de su carrera futbolística, Lautaro Martínez está pensando en su mamá tendiéndole la cama. Quizás no entendemos porque pensamos en la memoria como algo lineal, como un antes, un durante y un después, y no como ese cúmulo de sensaciones que nos acompañan en los momentos más importantes de nuestras vidas. No la entendemos como esos refugios a los que vamos cuando las cosas salen muy bien o muy mal. Pero funciona así, aunque no queramos. Todos nosotros tenemos una historia como la de Lautaro.

A lo mejor no de un padre comprando un botín o una madre tendiendo la cama, quizás no específicamente así, pero sí dos o tres lugares, imágenes, olores, a los que volvemos siempre. Y lo más magnífico de eso es que no puede ser prefabricado. No existe tal cosa como planificarlo con antelación. Te invade, te sobrepasa, te tira al piso como una ola traicionera que te voltea en medio de la playa, llenandote la boca de sal. 

Hace mucho leí un comentario de alguien que decía que los yankees nunca disfrutan, siempre hacen como que están disfrutando. Están todo el tiempo tratando de buscar una épica que no consiguen. Este Mundial es prueba de eso. Los tipos se organizaron su torneo a medida. Hicieron incluso que el presidente intervenga para poder quitarle una tarjeta roja a su jugador estrella; armaron estadios y metieron cooling breaks y siguen sin entender el juego.

Peor, siguen sin entender que es simplemente eso: un juego, una gesta deportiva y lúdica, que tiene mucho de estrategia, de planificación, pero que, al final del día, tiene bastante también de historias de madres tendiendo las camas mientras vos te vas a la práctica de fútbol, para que, cuando vuelvas tarde la noche, la tengas lista y no tengas que pensar en eso.

Critiqué mucho a la Selección en mi nota anterior y la critiqué porque no me gustaba su juego, mas aun así le agradecí los resultados. Para mí son dos cosas que se pueden separar tranquilamente. La Selección merece estar adonde está. Nadie llega hasta ahí si no lo merece. Y no solo a esta final, a este ciclo magnífico al que hemos ingresado en los últimos años, uno que todas las generaciones soñamos durante un montón de tiempo. Con un Mundial en donde Messi se retira rodeado de compañeros que lo aman y que se lo demuestran, rompiendo todas las lógicas de la forma en la que los hombres muestran el afecto y el cariño. Una Selección de hombres que se dicen te amo, que se frotan, que se besan, que se abrazan, que juegan hermosamente a la pelota, pero que, sobre todo, se celebran entre ellos. En cada quite, en cada lateral bien tirado, en cada cabezazo (aunque no le acierte al arco) hay un compañero al lado, al instante, reafirmando al jugador en su posición. No los vimos nunca discutir ni pelear, ni siquiera cuando hubo momentos quizás no tan gratos.

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El Cuti, Lisandro y Molina, fotografiados por Tagliafico.

No quiere decir con esto que haya que evadir el conflicto: quiere decir que, si hemos de aprender algo, es que hay formas cariñosas de decirle al otro que se ha equivocado. Cariñosamente, durante todo el Mundial, miramos como el equipo no jugaba como queríamos, o al menos no jugaba como yo quería. Y le exigía como le exigís a tu compañera dentro de una cancha de fútbol 5, cuando sabés que puede dar más, cuando sabés que no está dando el tope de su potencial.

Y solamente para sumarle a la épica que viene construyendo desde hace años, esta Selección hizo lo que esta Selección hace: nos dio su mejor partido en mucho tiempo contra el único rival al que siempre, siempre le queremos ganar. Y nos metió en otra final.

Inglaterra es un monstruo de dos cabezas. Inglaterra es, a veces, la cantidad de cosas que consumimos. Libros que nos forjaron la adolescencia, la música que nos entró por algún lado, las películas, el humor, el fútbol, inclusive. Inglaterra es también una potencia colonizadora. No solo una potencia colonizadora, una que hasta el día de hoy se sostiene sobre un territorio nuestro. Una que masacró a nuestros soldados en las islas. Una que jamás tuvo un gesto cercano al arrepentimiento. Ellos pueden no saberlo, pero nos dieron algo en que pensar. No hay día en este país en que no se hable de Malvinas. Es parte de nuestra conversación cotidiana. Quizás no en términos profundos, ni con grandes reflexiones. Quizás no siempre para reivindicar el reclamo por la soberanía. Pero ahí está, omnipresente, como ese amigo que se fue y no sabés cuándo va a volver.

Entonces, cuando Inglaterra aparece en escena siempre es esa Inglaterra. La que nos robó el territorio. La que mató a nuestros soldados. No la que nos dio a los Beatles o a Harry Potter. Entonces, cuando decimos que algo es solo un partido de fútbol, estamos convencidos de que así es. Como también estamos convencidos de que un partido de fútbol es probablemente el fenómeno cultural de más peso en nuestro país.

Es el que detiene los relojes, es el que pone la calle en silencio. Durante días todo parecía estar en un estado de somnífero estupor, aunque esto parezca contradictorio. Eso es el fútbol para nosotros: es la forma en la que acapara nuestras conversaciones, hasta incluso las que tenemos con nosotros mismos. Es innegable que para los más futboleros estos días fueron, probablemente, una sucesión de momentos de los que no tenemos mucha recolección. Hicimos de todo para no pensar en esto. Miramos otra cosa, hablamos con nuestros amigos, salimos a caminar, trabajamos cuando pudimos. Y, sin embargo, de fondo todo el tiempo había un murmullo, un susurro, una especie de viento que soplaba desde el sur más sur, desde unas islas.

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Foto: Lu Callero

Quiero volver entonces a la forma en la que se gestan los recuerdos. Quiero volver a la tesis de que uno no sabe que está viviendo un momento memorable hasta mucho tiempo después. Puede intuirlo quizás, pero no puede fabricarlo. Este partido tuvo gusto a épica desde el momento uno, aunque yo tuve mis reparos y fui gratamente corregida.

Desde la primera pregunta para el director técnico hasta el momento en que la pelota rodó, lo que circulaba era la gran pregunta: si íbamos a estar a la altura, no ya futbolísticamente de la gesta, sino políticamente. Si estos jugadores entendían lo que significaba que Argentina volviera a cruzarse con Inglaterra, en este caso en una instancia de semifinal del mundo. Si estos jugadores y este cuerpo técnico entendían que Malvinas está en las banderas de todas las canchas argentinas, en los tatuajes, en los autos, en los termos. Si estos jugadores y este cuerpo técnico entendían lo que había entendido el gobierno, que había mandado a callar todo tipo de expresión que hiciera alusión al reclamo por la soberanía. Yo creía que no, que no lo habían entendido. Que quizás estos jugadores, como mucha gente de mi generación que no vivió la guerra de Malvinas, no puede terminar de entender o de comprender de qué estamos hablando cuando hablamos de soberanía.

Y entonces, se da el partido. Entonces, Inglaterra nos mete un gol. Entonces, Argentina nos regala media hora, 45 minutos, de uno de sus mejores partidos, futbolísticamente hablando. Entonces, mientras el director técnico británico se repliega y pone tantos defensores como sea posible, Scaloni va y hace los cambios osados.

Y adentro de la cancha el capitán, el que está jugando su último Mundial, el que tiene el brazalete del otro capitán que jugó el gran partido contra Inglaterra, se lo toma como hay que tomárselo: como un partido de fútbol. Ahí el error de quienes no nos entienden: para Messi, y para nosotros, no hay nada más espectacular que jugar a la pelota. Y más aún si el de enfrente boquea, si el que está enfrente habla de la grandeza deportiva de Inglaterra minimizando al rival. Durante toda la semana no nos picantearon con que colonizaron las islas, no les hizo falta. Ellos creen que esa superioridad se traslada a todo, que por ser superiores en ese aspecto son mejores en absolutamente todo. Y entonces el capitán y el resto de los muchachos les demuestran que no: que el fútbol se gana en la cancha jugando a la pelota. No replegándose. No escondiéndose del círculo central para atrás. No esperando agazapados a que ese 1 a 0 te salve para siempre.

A una final del mundo se llega jugando hasta el último minuto. A una final del mundo se llega con la hinchada cantando de principio a fin. Y entre la cantidad de canciones que tiene el cancionero argentino, aparecen las Malvinas. Porque no tiene sentido tratar de imponerse en contra de aquello que florece desde el centro de las entrañas. Porque no hay forma de que un gobierno, una FIFA, una organización, pueda vencer el clamor popular, al menos en un partido de fútbol.

Para cuando Lautaro hace el gol, ese gol que después lo invita a pensar en su mamá tendiendo la cama, todos nosotros ya estamos generando nuevas memorias. Algunas de esas no van a tener que ver estrictamente con lo deportivo. En un par de años quizás nos va a costar recordar cuáles fueron los cambios que hizo Scaloni, o probablemente no tengamos muy en claro si el primero lo hizo Enzo o lo hizo Lautaro. No recordaremos quién empezó de arranque y quién entró después. Ni siquiera recordemos quiénes cometieron los errores que llevaron al gol de Inglaterra.

Pero sí nos vamos a acordar de algo: que al partido lo ganamos, que fue infartante, que lo ganamos prácticamente en el último minuto, y lo ganamos jugando al fútbol. Y que después, cuando todo parecía haber salido tal y como la FIFA lo planeaba, alguien bajó una bandera de la tribuna y dejó el manto sagrado para que los jugadores lo desplieguen. Y los jugadores, que podrían haber hecho el mismo gesto que tantas veces hacen cuando alguien les tira algo desde la tribuna - que es desentenderse, no darle bola, pasarlo por arriba - lo tomaron con el respeto que se merecía. Después de ganarle a Inglaterra 2 a 1, en toda ley, sin que nadie pudiera agitar el fantasma de un supuesto Mundial arreglado, sin que nadie pudiera decir que a Messi le dieron un penal mal cobrado o que al Cuti Romero lo tendrían que haber expulsado en el minuto 32, ni que hubiera un solo atisbo de dudas sobre lo que futbolísticamente pasó en la cancha, levantaron la bandera que la hinchada argentina había sostenido durante todo el partido, y que gran parte del pueblo argentino sostiene desde hace más de 40 años.

Ese trapo pintado a mano que dice "Las Malvinas son argentinas" sin ningún tipo de arte, con la estética propia de quien lo hizo a los ponchazos y a los tirones, con lo poco que tenía, es parte del momento memorable. No lo supo Lo Celso cuando lo agarró, no lo supo probablemente el tipo que lo pintó, ni lo supimos nosotros cuando lo vimos por primera vez. Pero de este partido en Argentina-Inglaterra, probablemente podamos olvidarnos los goles, pero nunca vamos a olvidarnos de la bandera. Y eso es porque la memoria, usualmente, se repasa en soledad, pero se construye en colectivo.

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