Luego la verdad, que es restregarse con arena el paladar

messi mundial 2026

Las teorías conspirativas, las andanzas de la prensa y los operadores de siempre, las campañas de odio y las críticas nos distraen del destino ineludible: el tiempo pasa para todos, incluso para Messi.

¿Se imaginan a Ronaldo Nazario llegando a la Copa de Brasil de 2014 cargándose el equipo al hombro, llevándolo hasta la final? ¿Imaginan lo épico que hubiera sido eso? Tan épico como que el Diego pudiera haber jugado el Mundial de Francia 98, compartiendo horas de cancha con gran cantidad de los jugadores de esa nueva camada que empezaba a aparecer. Este escenario contrafáctico que les estoy presentando les va a parecer absurdo, pero es para ponerles un ejemplo de que Messi sí lo hizo.

Con 39 años, el tipo no solo jugó un Mundial: lo jugó completo, prácticamente todos los partidos. En uno solo, no fue titular, e igualmente entró e hizo un gol. Terminó siendo, junto con Mbappé, el máximo goleador y máximo asistidor, y rompió absolutamente todos los récords que se pueden romper en un Mundial. Récords, muchos, que incluso eran de él, que simplemente se limitó a mejorarlos.

Hace poco más de 3 años y medio, cuando terminó el Mundial de Qatar, parecía que la página de la historia de Messi se había terminado, en la Selección al menos. Y que nos íbamos a tener que conformar con siempre leerlo en tiempo pasado. Pero el tipo cuenta ahora algo que muchos desconocíamos: que él supo en ese momento que quería llegar a este Mundial, que por eso tomó todas las decisiones que tomó, incluso esas que no entendíamos, como irse a jugar a Estados Unidos. Que entrenó específicamente durante más de un año su físico, su rendimiento, para, con sus 39 años, poder dar lo mejor de sí. Y no hizo un espectáculo de eso, como Cristiano Ronaldo, que se filma metiéndose en cámaras criogenicas o en baños de frío. Se sentó y esperó a ver si Scaloni lo llamaba, a ver si aparecía en la lista de convocados.

Esto no es una oda a Messi, sino, por el contrario, una búsqueda de sentido a lo que terminó pasando. Todo eso quizás por un rato nos hizo olvidar que era el último Mundial de Messi. Aunque ustedes me dirán que lo mismo dijimos en el anterior, y el capital logró sorprendernos.

Todo esto nos deja el sabor amargo de que esa es la última gran victoria del imperialismo. ¿Que Messi salió subcampeón? No. ¿Que no logró campeonar en su última participación? Tampoco. El robo mayor es que se empañó tanto la final, el partido, la discusión y el clima en los días previos que no pudimos disfrutar como nos debíamos nosotros y él de ese momento tan espectacular.

Yo soy una gran, gran, gran defensora de las teorías conspirativas. Soy una gran defensora de todo lo que la gente hace para encontrarle una explicación a lo que no le hace sentido. Es increíble a dónde vamos a buscar las respuestas para nuestras frustraciones, aunque a veces esos caminos nos conduzcan a las hipótesis más irrisorias. No es sorpresa, tampoco, que ese camino a veces conduzca a la violencia. Un poco creo que eso es lo que pasa con España y la figura de Messi: no nos olvidemos que Messi llega a su última final jugando un partido contra la Selección que lo quiso desde el principio y que nunca lo pudo tener. Y no sólo futbolísticamente: desde lo simbólico tampoco pudo.

Messi pasó años viviendo en España y jamás en la vida fue español. Su comida favorita siguen siendo las milanesas. Se traga todas las eses al hablar. Su tonada no es solo rioplatense, sino santafesina, litoraleña. Tuvo tres hijos, varones, a los que crió en Barcelona, París y Miami, y los tres son argentinos. Después podemos debatir si con Messi han hecho en el último tiempo algunas cuestiones más ligadas a la política que nos resultan más o menos simpáticas. Ese es un debate para otro día. Sobre el final de su carrera, la gran frustración de los españoles en la final también tiene que ver con esto: hasta el último minuto, el tipo les resultó un dolor de huevos.

De ahí quizás la campaña anti-Messi que termina siendo una campaña anti-Argentina, por la imposibilidad de poder conquistar lo inconquistable. Porque están acostumbrados a que todo se les da, y si no se les da, lo reclaman por la fuerza. En el terreno de lo simbólico, eso es mucho más difícil de conseguir: ellos nos hicieron creer que crearon el fútbol, cuando, en realidad, sabemos que no es tan así. Y Mundial tras Mundial les damos batalla en ese terreno de guerra inclinado que han generado, en ese espacio en donde pareciera que nosotros también tenemos que ser dóciles, débiles, agachar la cabeza. No podemos reclamar por un penal, por una amarilla, por la injusticia, como tampoco deberíamos reclamar por lo que sucede afuera de la cancha.

Me dirán que quizás sería preferible que ese empeño que ponemos en ganar un partido de fútbol lo pongamos, por ejemplo, en que no se queden con nuestros recursos naturales. Y estoy de acuerdo. El problema es que el pueblo no elige siempre donde poner la energía de manera tan orgánica. Alguien tiene que conducir eso. Y por ahora parece que, al menos en este año, nuestro gran conductor ha sido el fútbol.

Foto: Lu Callero

Quiero volver sobre la teoría de la frustración. Más que la frustración, sobre la idea de que, a veces, es la que nos da la puerta de ingreso para un montón de otras estupideces, como las teorías conspirativas o la idea de una mano negra. ¿Cómo no vamos a ser un país que desde hace una semana le está tratando de buscar una explicación a un partido de fútbol extrafutbolística si somos el mismo país que creemos que los partidos de fútbol se definen por cuestiones extrafutbolísticas? Que se definen, por ejemplo, por una vela prendida a destiempo, por una promesa, por una cábala, por la forma en la que nos sentamos en el sillón, por la gente con la que miramos los partidos. Es obvio que, de alguna manera, ante la derrota y la frustración, nos resuena mucho más la posibilidad de que los jugadores hayan vendido el partido, que la FIFA haya intervenido, que en el medio estén Trump, Netanyahu y demás, a que simplemente España jugó mejor que nosotros que llegamos con lo justo, que no somos ya la selección que éramos hace tres años y medio, que Messi no es el que era hace tres años y que nos ganaron en justa ley.

Un streamer esbozó una teoría muy interesante. Benito, se llama él. Me cae muy bien. El pibe dijo que empezó a duelar el campeonato durante el partido. Me pareció bellísimo porque creo que es un poco lo mismo que me pasó a mí. Pasado el partido con Inglaterra, como ya escribí en otra columnas, el Mundial para mí se resumió en un gran gesto de abrazo para Messi. No estaba ya puesta la expectativa en que ganemos. A Messi le faltaba en su historial, en ese que logró siempre engrandecer, una gesta patriótica, una más. Y con el partido con Inglaterra la había tenido.

Entonces, si este iba a ser el último Mundial del campeón, del capitán, del máximo ídolo de generaciones enteras de argentinos, con el partido con Inglaterra ya estaba. El problema es que duelar no es algo que uno elige. Suelo charlar mucho con mi marido sin papeles, el señor Valentín Johnston Aragón, acerca de cómo cierto sector de la sociedad, particularmente los varones, parecen estar siempre duelando la vida a través de sus ídolos. Es una teoría que tengo y que puedo llegar a expresar en otras columnas, y para la cual no tengo ningún tipo de sustento académico, más que un presentimiento. La muerte de gente como Maradona, como el Indio o Néstor Kirchner, en realidad no son más que una forma supeditada, una proyección, de duelar distintas etapas de su vida. Sus infancias, sus adolescencias, sus juventudes.

El horizonte final de Messi es la principal frustración que no sabemos cómo procesar. Hay algo que todos decodificamos de manera distinta, y es el paso del tiempo, el envejecer, la simple noción de que la vida no es siempre la que era cuando teníamos 18 o 19 años y estábamos sentados frente a un televisor, jugando a la PlayStation por primera vez y eligiendo siempre a Messi para ser nuestro jugador estrella.

He aquí el ejemplo: hay largos hilos y videos de gente mirando a Messi diciendo que Messi, en otro momento, hubiera encarado el partido de una manera distinta. Que si Messi hubiera jugado el partido del domingo como jugó la final de Qatar o de Brasil, el final hubiera sido otro. Lo conocemos, sabemos de lo que era capaz. Pero Messi no tiene ni 19 ni 29, tiene 39. E incluso al máximo ídolo y genio del mundo futbolístico actual, el tiempo le pasa.

messi maradona

Puede Cristiano Ronaldo meterse adentro de una cámara criogénica todos los días, y sin embargo, cada vez que corre, parece que corre con un jean puesto. Es inevitable el paso del tiempo. No importa cuánto nos convenzamos de que quizás podemos ponerle un freno. No importa cuánto ácido hialurónico nos metamos o cuántos suplementos vitamínicos tomemos por día. No podemos nosotros encarar ahora la vida como la encarábamos hace 10 años. Nuestros propios "pibes" no son lo que eran en Qatar. Lo que pesa en nuestra Selección, entonces, es que el resto parece no tener resto para darle una mano al capitán. Pesa que a Rodrigo de Paul le pesen las piernas. Pesa que Enzo Fernández parece no estar a la altura de la situación. Pesa que Alexis no lo esté. Empieza a caer ahí un manto de duda. Porque si el capitán no está bien y los compañeros no ayudan entonces, ¿qué es realmente lo que está pasando? Lo que está pasando es que llegamos al Mundial con lo justo. Pero es mucho más simple, menos doloroso, creer que hay una conspiración internacional en nuestra contra.

Spoiler: sí hay una conspiración internacional en nuestra contra, pero no tiene nada que ver con el final de ese partido.

Con todo, en algún momento Messi se iba a terminar. Es tan real y tan doloroso como eso. O en realidad, ¿en algún momento con solo Messi te iba a alcanzar? De eso sabemos mucho los que venimos viendo a la Selección en los últimos 35 años. 40, si te estirás. Como en algún momento no alcanzaba solo con Maradona. Por muy estupendos que ambos hayan sido, por muy magníficos, por muy únicos, por muy nuestros, a los dos también les llegó el paso del tiempo. Cosa que, al menos a mi criterio, en el caso del Diego es incluso hasta más injusto, más prematuro. Lo dijo él, en sus propios términos: "imaginate lo que hubiera sido yo si no me hubiera drogado".

Sin entrar en el terreno de los contrafácticos, hay algo innegable: a Diego, al igual que a Messi, le gustaba competir, pero sobre todo jugar a la pelota. Eso es lo que aquellos que nos quieren domar no entienden. Para nosotros, esto sigue siendo un juego, sigue siendo nuestra mayor victoria cultural. En cualquier lugar de esta Patria, donde haya dos buzos y algo parecido a una pelota, se puede armar un partido de fútbol. No necesitamos de mucho más que de eso.

Entonces, quizás este bendito suelo ahora mismo esté gestando al próximo o la próxima Messi. A lo mejor es uno de los hijos de Messi, o a lo mejor es uno de los hijos simbólicos de Messi, como Messi era hijo simbólico del Diego en muchos aspectos. A lo mejor también va a tener que luchar contra la comparación constante. Probablemente, nunca va a estar a la altura, no ya de uno sino de dos astros que lo antecedieron. Quizás durante mucho tiempo va a tener que luchar contra la crítica que le va a pedir y le va a exigir que haga lo que hicieron Messi y Maradona.

A lo mejor esa crítica lo va hacer más fuerte, a lo mejor lo va a destruir. Lo importante yace en la certeza. Frente a la frustración, frente al dolor, frente al ciclo que se cierra, se abre una especie de compuerta. Una ventanita al costado, una pestaña, una posibilidad. Si tenemos paciencia, que es algo que a este pueblo a veces le falta, el próximo Messi va a aparecer.

Y no será Messi su nombre o si, no lo sabemos. Pero de él también nos apropiaremos. Transformaremos su camiseta en bandera. Lo llevaremos en la piel, en los termos, en las carpetas de la escuela, en las tortas de cumpleaños. Quizás en 15, en 20 o en 100 años, pero va a aparecer, porque siempre aparecen. Porque el paso del tiempo es tan inevitable como cíclico. Porque para que algo nazca, algo tiene que morir.

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