No pierdas el tiempo en este absurdo texto. No hay nada menos importante que leer a un fanático de la selección que se emociona por un deporte que no le da ningún beneficio económico. No tiene lógica. Ahorrate los comentarios sobre lo que debería haber hecho Messi con Trump o lo que tendrían que hacer los seleccionados millonarios por el pueblo argentino. La lucha no está acá. En mi historia familiar el fútbol fue y sigue siendo una escuela, un aprendizaje y un desafío. La posibilidad de laburar y tener un sueldo para mi viejo, la chance de verme crecer de mi vieja, el club como familia, como espacio de construcción y como la segunda casa para mis hijos. La pelota como manifestación creativa, como una necesidad física y una búsqueda incesante. Con todo su negocio e imperfección, nos seguimos entregando a lo inimaginable. Nos sorprende, angustia y emociona, de principio a fin.
El domingo del padre se ensambla al lunes frío de nuestro país. La sobremesa se traga la siesta. Algunos fuegos o cualquier sándwich al paso. Un tinto, un guiso, tres empanadas o una sopa para calentar la panza. La sensación del abrazo familiar por recordar o celebrar la paternidad se nos acurruca en el pecho mientras nos llega el pedacito del himno sobre lo que supimos conseguir. Messi al frente de todo. La cinta y su mirada acompañando sus años paternales en cada cancha y cumpliendo: años y sueños con cada citación. El sillón de mi casa se ocupa con amigos de mi adolescente y no hay forma de escuchar ni relato ni comentario. Los días más felices de mi vida tienen a mis hijos en brazos y a Messi en su rutina extraordinaria. Veinte años así, en cualquier lugar y momento.
“Las jugadas tienen vida íntima” dice Juan Villoro para explicar el partido fatídico de David Beckham contra Argentina en Francia 1998. Unas horas antes del comienzo de aquel juego, su novia Victoria le había confesado que estaba embarazada. El inglés jugó con todo aquello en la cabeza, sabiendo que sería padre, pensando en todo lo que vendría, en cómo se lo diría a su familia, en su desconocimiento sobre el asunto. Jugó conmovido, emocionado y alterado. Jugó mal aquel día, entró en la provocación y se hizo expulsar. El partido como escenario de la vida, como un espejo en donde reflejarnos. Sin lugar para esconderse de la mirada de los otros. Una forma de ser y vivir, adentro y afuera. ¿Cómo se puede seguir jugando después de una noticia tan conmovedora? Con todos los valores y contradicciones, ¿cuánto talento se necesita para distinguir, a pesar de los golpes, el qué dirán y las tristezas?
Aquí, frente al televisor, gritamos sin culpa. Con la resaca del penal desviado. Gritamos pues nadie es dueño de nuestra alegría y pocos estímulos nos hacen tan felices como el triunfo de esta inolvidable selección. Aunque sea el Mundial después del Mundial. No te dejes opacar ni entristecer. Que no te digan cuándo podés celebrar algo, aunque sea pequeño como un gol sobre la hora ante Austria en el primer día de la semana. Un mate para calentar este fuego que siempre será nuestro. Un mate para abrir el negocio, o para salir de viaje y encarar el resto. Una sonrisa compartida con el que viene enfrente, con el que viaja al lado, o al que te cede el paso. Una bocina tras otra, absurda, ruidosa, quilombera. Un guiño más, un rebote después de tanto revuelo donde el tipo más tozudo de la cancha llega para empujar y marcar su quinto gol en dos partidos jugados.
Decime algo lindo. Gol de Messi. Leí por ahí. Gracias










