¿Qué se necesita para jugar un Mundial? Más allá de la calidad y el esfuerzo a lo largo de los años infanto juveniles en un país donde millones de pibes crecen con el mismo sueño. Ya lo sabemos o no. Pero ¿qué más?
Aparte de todo eso que te hace distinguir y sostenerte en la adversidad. Aparte de todos los esfuerzos familiares para llevarte, esperar y acompañar. Siempre podemos dar algo más, es una de las máximas de este plantel y cuerpo técnico que supimos conseguir. Una lista de atributos que va cambiando la piel para mantener la esencia. Raspar, en cada sector del campo y con la intensidad que amerita la situación. Sorprender, con un cambio de posición para desorientar al rival. Sufrir, cuando no tenemos la pelota o el rival encuentra el envión anímico para doblegarnos. Arriesgar, poniendo la cabeza en medio de un rechazo peligroso. Inventar un desmarque, un engaño, una gambeta en un resquicio imposible. Adaptarse, al lugar que te toca, a la circunstancia y las decisiones de otro. El equipo por encima de las figuras.
Anoche, en el duelo contra Jordania, el plantel argentino vistió un semblante serio y comprometido, como si fuese el primero y el más importante de todos los partidos. Como si el rival no tuviera escasa experiencia. Y también algo de amateur: la celebración merecida de que juguemos todos un ratito. Debut para todos. A excepción de los arqueros suplentes. Como si todos fuésemos parte. La decisión de hacer todos los cambios como en el baby o el fútbol infantil. Para que los pibes estén felices. Como si jugar fuese lo más importante del mundo, como si recuperar aquello nos conectara con algo superador.
A pesar del triunfo y el primer puesto. A pesar del cuadro de playoff que nos va ilusionando, tengo un sueño recurrente. La mente siempre piensa lo peor y me despierto agitado en aquel país tan oscuro que siempre se encarga de salvar al planeta. Un atentado terrorista suspende la competición, y luego Messi se lastima en el calentamiento, o se le cae un perfume en el pie en la concentración, y luego veo crecer a Brasil y llega invicto a la final, y también a una imparable selección alemana que cuenta con la complicidad del árbitro, lo veo reír a Infantino, contando dinero en su palco dorado, y luego caigo en medio de una batalla campal contra los hooligans, me veo persiguiendo a Mbappé pero yo soy lento en este sueño y él va a otra velocidad. Veo todo en un plano oscuro y cerrado, como la dictadura militar organiza el evento, justifica su accionar y le entrega la copa a la selección local.
Me despierto a pleno. En casa nos alegra el debut y gol de Gio Lo Celso. Nos sentamos alrededor de su zurda precisa, preciosa y preciada. Festejamos el portento de Nico Paz, la alegría de acompañarlo durante toda su temporada italiana y lo disfrutamos en cada giro. Un talento indomable para defender cada pelota y convertirlas en dagas ante cualquier defensa. La emoción de tener de nuevo a un Simeone. Salvaje corazón de padre. El niño que nunca deja de pensar en medio de tanto latido. Y Thiago Almada para conectarnos a todos y jugar a través de su desparpajo y aceleración.
Tengo una camiseta original. La del Mundial de Alemania 2006. Ya tiene más de 20 años, pero mantiene su calidad y los colores. Es la única que pude adquirir. Fue un regalo de mi compañera y le salió más barata porque es talle de niño. Yo aprovecho mi contextura para lucirla en cada partido. Nunca más pude comprar otra. Quizás eso también se necesite para jugar un Mundial. Conservar algo intacto. Una ilusión. Una camiseta. Un abrazo. Estuvo conmigo cuando todavía no era padre y ahora la ven mis hijos cada vez que juega la Selección. Yo ya no entro tan cómodo como antes, pero sigo poniéndomela con la misma esperanza.










