“Hasta hoy me pregunto cómo mi hermana de 12 años se pudo hacer cargo de nosotros”

    Laguna Paiva II

    Una niña de 12 años quedó al cuidado de sus hermanos menores porque sus padres fueron secuestrados por la Policía de Santa Fe. El juicio Laguna Paiva II prosigue y sus testimonios evidencian la crueldad de la dictadura con las infancias.

    En la tercera audiencia de la causa Laguna Paiva II se escucharon los testimonios de las hijas y los hijos de Arnaldo Catalino Páez y Juana Tomasa Medina. En esta primera parte de la crónica de esa audiencia, reproducimos el testimonio de Mónica, Ramón, Carlos, Alberto y Ceferino. Los varones quedaron al cuidado de la niña, que entonces tenía 12 años. César Páez también fue abandonado por la patota, pero falleció hace 16 años.

    Los testimonios se brindaron frente al tribunal, conformado por Ricardo Moisés Vázquez (presidente), Osvaldo Facciano y Mario Gambacorta; ante la Fiscalía y la querella, representada por las abogadas Noelia Zarza y Julia Giordano y el abogado Federico Pagliero, todos de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de Rosario.

    Según está previsto, el 23 de julio se leerán los alegatos de la querella y de la Fiscalía. El día 30, será el turno de los alegatos de la defensa y también se conocerá la sentencia.

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    El 15 de febrero de 1980 Mónica Páez tenía 12 años. Vivía en un horno de ladrillos en Lima (Buenos Aires) con su papá, Arnaldo Catalino Páez, su mamá, Juana Tomasa Medina, y sus hermanos: Mario, Ramón, Carlos, Alberto, César y Ceferino. Tenían entre 10 y un año y medio. El horno quedaba pegado a la ruta Nacional 9. Laguna Paiva II Laguna Paiva II

    Sentada ante el tribunal, responde las preguntas de la Fiscalía. Relata que aquel día de 1980 secuestraron a su papá, a su mamá y a su hermano Mario de 14 años. Dice que fue en horas de la tarde, recuerda que llegaron muchas personas armadas. Ella estaba en la casa de la vecina, con Ceferino y con César, los dos más chiquitos. Los había llevado a mirar dibujitos animados mientras su mamá cocinaba. Ramón, Carlos y Alberto jugaban en su casa.

    De repente, la asombró el silencio: en el horno siempre había mucho ruido, por los tractores, los camiones o por la gente que trabajaba. Pero el silencio repentino e inusual la llevó a asomarse desde la puerta de su vecina. Dos hombres armados le dijeron: "Métase adentro y cierre la puerta". La ventana del dormitorio de la vecina daba al patio de su casa. Mónica espió por allí y vio otra vez a hombres armados. Uno de ellos, alto, delgado y con una gorra azul y roja o negra y roja, le apuntaba a Mario con un arma larga. Un rato después vio cómo dos o tres hombres llevaban a su mamá a la rastra. Después ya no pudo ver más, por la ubicación de las casas.

    Alguien le contó que después llegó su papá en colectivo y que también se lo llevaron. Con su mamá y con Mario. Aquella mañana, Catalino había ido al médico a Lima. Cuando terminó el operativo, ella se quedó con sus hermanos Ramón, Alberto, Carlos, César y Ceferino. Esa noche la pasaron en la casa de la vecina. Recuerda que sintió olor a quemado y que fue a su casa: la comida que su mamá había estado preparando se había quemado. En la casa vio el revoltijo: los colchones cortados, las cosas rotas. Por eso pasaron la noche en la casa de la vecina, explica.

    Esa primera noche todos tuvieron miedo porque no sabían qué podía pasar. Ceferino tenía un año y medio y aún tomaba la teta. “No sabía lo que era el chupete o la mamadera, así que no se podía hacerlo dormir sin la teta. Así que le ponía mi dedo y se dormía. Así pasamos tres o cuatro días hasta que más o menos acostumbró al chupete”, recuerda.

    A los dos o tres días fue a la Comisaría de Lima. Le tomaron una denuncia; una persona que escribía a máquina le dijo “lo lamento, pero yo no esperaría mucho más, porque al que lo secuestran ya desaparece. No espere que sus padres aparezcan”.

    En la casa la patota había dejado un desorden que los hermanitos acomodaron como pudieron. Después le fueron a decir al encargado si les daba trabajo porque no tenían para comer. Ella empezó a trabajar con Ramón, su hermano de 10. Carlos, de 8 años, iba a ayudar a acomodar los adobes para que se sequen. Carlos también se ocupaba de lavar los platos y de cuidar a Ceferino, el bebé, y a César, de 3 años, porque eran los más chiquitos. La casa estaba muy cerca de la vuelta que hacían los camiones que iban al horno a buscar los ladrillos. Mónica cocinaba, les daba de comer y después volvía a trabajar al horno.

    “Les daba la leche y comíamos al mediodía y después a la tarde la leche. A la noche no, porque no alcanzaba”, dice.

    Cuando le preguntan si algún adulto se quedó con ellos, responde que nadie. “Nunca estuvimos con adultos. La única fue la vecina que nos tuvo por dos días y nadie más”, subraya.

    Laguna Paiva II

    Cuando el hombre que escribía máquina en la Comisaría de Lima le dijo que que para él no había posibilidad de que sus padres aparecieran vivos, buscó gente que la ayudara. Se acordó de esa familia de Zárate y fue con todos sus hermanitos en colectivo. “Adonde iba, iba con ellos”, dice. Les expliqué lo que había pasado y me dijeron que nos quedáramos unos días hasta que aparecieran. Pero bueno, yo era un matrimonio grande y yo tenía muchos chicos. Estuvimos dos días. Ya después nos dijeron que no nos podían tener porque éramos muchos y no estaban acostumbrados. La gente tenía miedo, nadie te tiraba una mano si decías “mis padres fueron secuestrados”. Luego de esos dos días, ellos les dijeron que los iban a mandar a la casa de un sobrino.

    Ese hombre trabajaba en un frigorífico, era gente humilde y también estuvimos poco tiempo. Ellos también tenían cuatro o cinco chicos, así que no estábamos bien ahí y volvimos a Lima, al horno. Ahí seguimos trabajando con Ramón.

    Cuando a Mónica le preguntan cómo sobrevivieron en esos días, responde que ellos eran chicos, que acomodaron lo que pudieron. Que trabajaban a la mañana y a la tarde. Recuerda que los colchones estaban cortados, que el único ropero que tenían estaba desarmado. Con Ramón trabajaban a la mañana y a la tarde. Trabajaban lo más que podían para poder comer.

    Los más chiquitos preguntaban por qué se habían llevado a la mamá así, cuándo iba a volver. Ella tampoco sabía mucho así que solo podía decir “ya van a venir”.

    La vecina que los cuidó la primera noche tenía sus hijos, también vivía al día como nosotros. “Ella decía que era peligroso que ella nos tenga ahí, porque podía pasarle lo mismo que mis padres. Por eso supongo que a la otra familia de Zárate les pasó lo mismo. Todo el mundo tenía miedo”, relata.

    Entre una semana y diez días después llegó una traffic. Les dijeron que eran de la Cruz Roja y que los iban a llevar a San Nicolás. Así que agarré la poca ropa que teníamos, preparé y nos fuimos. Me dijeron que íbamos a estar todos juntos, pero no fue así. Ellos primero los dejaron en un hogar para varones y a mí me llevaron a otro hogar. Yo les dije que no me quería apartar de mis hermanos. Ella me dijo que no, que nos iba a llevar a todos juntos, que íbamos a estar todos juntos. Los días en el hogar, describe Mónica, fueron desesperantes. Al ver cómo se llevaron a mi hermano y a mi madre y no tenerlos a ellos, no sabía lo que les pasaba. Sabía que estaba en una casa y todo, pero no sabía el trato que les iban a dar. No recuerda bien los días que pasaron pero siente que fue un siglo.

    Cuando su mamá salió en libertad, los fue a buscar. Volvieron al horno, juntaron algo de ropa y se fueron a Esteban Rams, en el norte de Santa Fe, a la casa de la tía Elba Medina. Con el tiempo, volvieron a Laguna Paiva. Dice que de allí se fueron en 1976 o 1977, porque su papá era perseguido. Antes del secuestro, vivían al día, trabajaban el padre con ella y su madre con Mario. También iban a la escuela. Trabajaban lo más posible porque eran varios y, dice, la comida nunca fue barata.

    A su papá lo volvió a ver mientras estaba secuestrado. En uno de los lugares donde lo visitó los recibió (el genocida fallecido) Perizotti. Supo que Catalino estuvo en Santa Fe, en el D2. Después en las cárceles de La Plata, Devoto y Rawson.

    Mónica Páez espera: “Que se haga justicia, porque nadie merece lo que nos hicieron. Nunca tuvimos que haber pasado por todo lo que pasamos. Yo me acuerdo de mis hermanos chiquitos, viajando con ellos o pidiéndome un pedazo de pan cuando no había. Levantarme temprano a trabajar o dejar la escuela, porque no fui más a la escuela en ese tiempo. Fue difícil. Y ver a esta gente como supe verlos hace poco en la calle caminando como si nada hubieran hecho… La verdad es que quiero justicia”.

    Un testimonio que quiere ser escuchado: el de las infancias abandonadas por la dictadura

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    El 15 de febrero de 1980, Ramón Páez vivía en Lima con su papá Arnaldo Catalino Páez, su mamá Juana Tomasa Medina y sus hermanos Mario, Mónica, Alberto, Carlos, César y Ceferino. El día anterior había cumplido 10 años. Recuerda ese día 15 como un día normal, cuenta que sus papás trabajaban en una fábrica de ladrillos. Calcula que todo pasó cerca del mediodía porque su mamá estaba cocinando. Mientras tanto, él estaba jugando afuera de la casa, dentro de un cajón grande de madera. Jugaba a las bolitas. En un momento escuchó gritar fuerte a su mamá; hacía poco le habían dicho que estaba embarazada. Fue a la casa y se encontró con muchas personas con armas. No puede decir con exactitud si eran 10, o 15 o 20, pero asegura que eran varias. Y que estaban de civil.

    Una persona lo agarró para que no vaya para el lado de la casa. Él seguía escuchando gritar a su mamá. Después escuchó que alguien le dijo “vení, Ramón”, como llevándolo para la casa del vecino. Pero alcanzó a ver que a su mamá la estaban agarrando de la ropa y del pelo. También recuerda muchos ruidos como si estuvieran rompiendo cosas dentro de la casa. Ruidos de vidrios rotos, dice. Fue a la casa del vecino. Primero miró desde la puerta. Después, dice, a él y a sus hermanos los metieron adentro y entonces miraron desde la ventana. Vio gente que entraba y salía de su casa. Vio cómo sacaban a su mamá a la rastra.Recuerda que gritó “¡mamá!”, pero que alguien le impidió ir a la casa.

    “Ese fue el momento que yo lo tomo como un secuestro”, le dice al tribunal.

    El día del operativo, en el lugar estaban Mónica, Mario que estaba trabajando, Carlos, Alberto, César y Ceferino. Ante la pregunta de la Fiscalía, dice que cuando comenzó todo, Mario estaba trabajando. Pero cuando volvieron a la casa Mario, su mamá y su papá no estaban.

    No tiene certeza de cuánto tiempo estuvieron en la casa del vecino, si un par de horas o muchas. Sí recuerda que no los dejaban salir afuera. “Nos dieron un poco de protección y después volvimos a la casa porque ya no había nadie”, recuerda. En su casa encontraron rotos los pocos muebles que tenían. La comida que había estado preparando su mamá largaba humo y olor a quemado.

    Recuerda que le preguntaba a su hermana Mónica qué pasaba, cuándo iban a venir sus padres y que ella decía: "Ya van a venir, no te preocupes”. Después, con el tiempo, le dijo que había ido a una comisaría en Lima y que le habían dicho que no sabían si estaban vivos, que mucho interés no tuvieron en tomarle el caso.

    Lleva en la memoria el paso por las casas de las familias de Zárate. “Un par de días”, dice. Y añade que, después, regresaron a Lima. Volvieron a trabajar; él trabajaba con Mónica. “Teníamos que trabajar porque era la única manera de hacer algo de plata para comprar comida. Con 10 años teníamos que estar cumpliendo horarios y teníamos la responsabilidad de hacer bien el trabajo. Ahí estuvimos a lo mejor diez días, o quince, o un mes”, relata.

    La fiscalía le pregunta quién se hacía cargo de los hermanos más chicos mientras Mónica y él trabajaban. Él responde que Carlos. “No teníamos otra persona porque estábamos solos a cargo de mi hermana de 12 años. Yo valoro mucho todo el esfuerzo de mi hermana, porque con esa edad se hizo cargo de todo. No nos soltó la mano, nos cuidó como una madre”, recuerda.

    Dice que después supieron que “por el tema del secuestro” las familias no los querían tener, por eso estuvieron unos días en una casa y otros días en otra.

    El trabajo en la ladrillería empezaba cuando clareaba y terminaba tarde. Había que cargar el barro en las carretillas de madera, llevarlas hasta donde estaban los moldes donde se hacían los ladrillos. Después esos adobes quedaba secándose uno o dos días, aunque se trabaja todos los días, y luego iban a un horno a quemarse. “Es un trabajo pesado. Cuando estaban mis viejos era ir a curiosear, era como un juego, pero de un momento a otro se transformó en un trabajo real”, describe.

    Un día los llevaron a un hogar o a un orfanato, un lugar donde había otros chicos, recuerda. Ramón no sabía dónde estaba. Después supo que el lugar quedaba en San Nicolás. Ahí se quedó con Carlos y con Alberto. “Fue duro estar ahí y no encontrar a mi hermana, era como que te saquen a tu segunda madre. Ceferino y César no estaban tampoco”, dice. Agrega que no sabe con quiénes quedaron. Supone que habrá pasado un mes. Dice que le costó acostumbrarse al lugar, a no conocer a nadie. “No había maltrato, pero había soledad”, define. Laguna Paiva II Laguna Paiva II

    Hasta que un día una señora lo agarró de la mano y lo llevó hasta un pasillo. Al fondo esperaba Juana, que había recuperado su libertad.

    Con su mamá fueron a Esteban Rams. No recuerda cuánto tiempo estuvieron ahí. También pasaron por Huanqueros. Recuerda que iban a un comedor que era en una iglesia, que iban a la escuela, que hacían la tarea, que estudiaban mucho, que les enseñaban canto. Y que después volvieron a Laguna Paiva. “Volvieron” porque esa era su casa, la casa de sus padres. La casa donde vivieron hasta que la dictadura los obligó al exilio interno.

    A Mario lo volvió a ver en Laguna Paiva. A su papá, cuando fueron a verlo a la cárcel. Sabía que estaba detenido, pero nunca se hablaba mucho de eso en la casa. Sabían que había sido buscado porque trabajaba en el frigorífico de Nelson y había sido delegado. Fueron a visitarlo en tren a la cárcel de Devoto. De grande supo que estuvo en Santa Fe, que había estado en el penal de Rawson.

    La querella le pregunta qué espera de este juicio: “Después de haber pasado una infancia bastante dura, después de haber visto a mi madre ser arrastrada de los pelos, uno espera justicia”.

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    El 15 de febrero de 1980 Carlos Ignacio Páez tenía 8 años. Vivía en Lima con su padre, Arnaldo Catalino Páez, su madre, Juana Tomasa Medina, y sus hermanos. Sus padres, relata, trabajaban en un horno de ladrillo en la zona rural de Lima. A los costados de la casa había un sembradío de maíz. Cerca del mediodía de ese día de verano, estaba jugando en el patio con sus hermanos.

    De repente, del maizal salió gente armada, vestida de civil. A ellos los apartaron y se metieron en la casa. Su mamá estaba adentro y la sacaron de los pelos. La llevaron cerca de la ruta, donde había un galpón. Allí estaba su hermano Mario, arreglando una bomba de electricidad. A Mario también lo sacaron y lo golpearon. Hasta que llegó su padre, que había ido al médico en Lima. Los subieron a los tres en un furgón y quedamos solos, dice.

    Mientras duró el operativo, Carlos escuchó cómo rompían cosas y los gritos de su madre. Como sus hermanos, dice que después quedaron solos a cargo de su hermana Mónica, porque no tenían ningún familiar en esa zona. Unos vecinos les dieron una mano en ese momento. Pero al otro día fueron a la casa: todo estaba revuelto y roto. “Fue como si hubiera pasado un tornado. No había quedado nada. Empezamos a ver qué hacíamos de nuestras vidas porque no teníamos a nadie. No sabíamos qué había pasado”, relata. Laguna Paiva II Laguna Paiva II

    Cuenta que estuvieron en su casa dos días y después fueron todos juntos a Zárate. Fueron primero a una casa y estuvieron un par de días ahí porque no los podían tener. Después fueron a otra casa, de otra familia, que tampoco los podía tener. “En el primer lugar sé que no tenían lugar para tenernos. En el segundo lugar también, la familia tenía muchos chicos y la casa era muy chiquita. Pero lo que más tenían era miedo de que, por tenernos a nosotros, les hicieran algo a ellos o a las familias”, describe.

    Tuvieron que volver a Lima. “Hasta hoy me pregunto cómo mi hermana se pudo hacer cargo de nosotros”, asegura. Mónica y Ramón tuvieron que empezar a trabajar. “El encargado les habrá dado una mano para que puedan seguir trabajando y seguir viviendo, tener para comer. Los tiempos son muy eternos en esos momentos”, dice buscando entre sus recuerdos de niño.

    Con 8 años, cuidaba a mis hermanos más chicos, de 3 y de un año y medio. A la tarde ayudaba a Mónica y a Ramón con los ladrillos, moviéndolos para que se sequen. La fiscalía le pregunta cómo cuidaba a sus hermanitos, responde que tenía que estar con ellos, cuidar que no se vayan a la calle o que no salgan de la casa. Que otra cosa no podía hacer, más que cuidarlos del peligro porque pasaban vehículos y la ruta estaba cerca.

    Después los fueron a buscar y los llevaron a un internado, “o algo así”, en San Nicolás. Ahí estuvo con Ramón y con Alberto. Ceferino y César, cuenta, habían quedado con una de las familias de Zárate a las que habían acudido en un principio. Cuando le preguntan cuánto tiempo estuvieron, responde: “Mi mamá me dice que estuvo (secuestrada) un mes y medio, pero a mí se me hizo como que fue un año”. Mientras fue chico, no supo dónde estuvo secuestrada su mamá.

    Cuando Juana los buscó, fueron a Esteban Rams, al campo de su tía Elba. Allí habrán estado cerca de un año, considera. Después fueron a Huanqueros, también cerca de un año, a la casa de su tía Marciana Páez. Desde allí volvieron a Laguna Paiva.

    “Volvieron” porque antes de la persecución, antes de la ladrillería, antes del secuestro, Carlos vivió sus primeros años en Laguna Paiva. Pero cuando tenía 4 o 5 años se fueron de allí, escapando de la persecución de la que era blanco su padre. De grande supo la razón: Arnaldo Catalino pertenecía a un movimiento político.

    De grande, su mamá también le contó que a su padre lo habían torturado. Supo del sufrimiento de su hermano Mario por estar encerrado. Relata que durante el operativo su madre identificó a (Eduardo) Riuli y a (Víctor Hermes) Brusa. Riuli fue el que le pisó la cabeza cuando iban en el furgón. Y Brusa era el que le decía, mientras le pegaban en Lima, que diga adónde había ido su marido para que no le peguen más. Supo que a su tío Miguel y a su tía Elba también les pasó prácticamente lo mismo y también a sus tíos María Páez y Luis Medina. Laguna Paiva II Laguna Paiva II

    La querella le pregunta por quién se sintió cuidado mientras sus padres y Mario estuvieron secuestrados. Carlos responde: “La que más nos cuidó fue Mónica”.

    También le pregunta qué espera de este juicio. Carlos titubea: “Se podría decir justicia, pero nadie te devuelve lo vivido”. Asegura: “Todo el sufrimiento que pasamos no se paga con nada”. Y entonces reafirma lo que espera: “Justicia”.

    “Cuando mami volvió, tuvimos todo lo que nos faltaba”

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    El 15 de febrero de 1980, Alberto Páez tenía seis años. Vivía en Lima, Buenos Aires, con su papá Arnaldo Catalino Páez, su mamá Juana Tomasa Medina y sus hermanos. Ese día, él y sus hermanos estaban jugando en el patio y llegaron personas que les desparramaron los juego. Lo siguiente que recuerda es caminar por la ladrillería, en un espacio que era como un salón grande. Y recuerda también haber visto a todos formados en fila, a los empleados del horno y a personas con armas.

    “Yo andaba a las vueltas, caminando porque tal vez no sentía lo que estaba pasando. Me metí adentro del galpón, había más gente. Después seguí y me fui a mi casa. Andaba así, caminando por el lugar. Había muchas personas, gente por todos lados, pero no recuerdo si estaban uniformadas. Creo que estaban de civil”, dice.

    Fue para la casa y cree que se quedó ahí. Es el último recuerdo que tiene de ese día. La siguiente imagen es estar con sus hermanos, solos en la casa.

    Se acuerda de algunas algunas caminatas por Zárate, haber estado en otras casas. Se acuerda de que en esas otras casas había chicos, que jugaban con ellos. “Tengo pocos recuerdos puntuales”, le dice al tribunal.

    También se acuerda de haber estado en una guardería, o algo así. En ese lugar se quedaron con Ramón y con Carlos hasta que Juana volvió a buscarlos. “A mis otros hermanos no los volví a ver hasta que nos reunió mi mamá. Después nos fuimos al norte, a Esteban Rams, a la casa de mi tía Elba. También estuvimos en Huanqueros, en la casa de mi tía Marciana, que le decían Tesoro. Después de esos lugares, volvimos a Paiva”, enumera.

    Alberto cree que tenía tres años cuando se fueron de Laguna Paiva. Le preguntan si sabe por qué se fueron de Paiva. “No”, responde. Y luego agrega: “Ahora de grande sí, fue porque mi papá era delegado del frigorífico y no sé por qué razones fue perseguido por militares”.

    Uno de los recuerdos que tiene es haber visitado a su papá en la cárcel, después de que liberaron a su mamá. Juana le contó después sobre su secuestro, que también estaba el tío Miguel Páez y que ella estuvo presa con Mario en Santa Fe. Supo, también de grande, que buscando información sobre dónde estaba Catalino, esas personas fueron a Los Pocitos (cerca de Esteban Rams) y se llevaron a toda la familia Páez-Medina que vivía en ese lugar.
    Supo por su madre que, cuando la detuvieron, le patearon la panza porque estaba embarazada. Que a su papá le aplicaron mucha más violencia.

    Un día, ya en democracia, ya en libertad, Catalino fue a la municipalidad de Laguna Paiva a quejarse. La razón era que Riuli, el policía represor, estaba animando las fiestas del pueblo.

    El relato de Alberto coincide con el de sus hermanos. Fue Mónica quien los cuidó mientras sus papás y su hermano mayor estaban secuestrados. También en que la situación económica les fue muy difícil: “Nunca estuvimos bien, pero fue peor porque éramos muchos chiquitos y sin un mayor era imposible estar bien. No teníamos quién nos provea, más que Mónica y Ramón”.

    La querella le pregunta cómo afectó todo esto a la familia. Alberto dice que Catalino y Mario solían despertarse gritando, con pesadillas. Que no podría asegurar que los problemas de salud que hoy tiene Mónica fue por lo que pasó en esa época. Pero de alguna manera, lo relaciona: “No tuvimos atención médica en esos tiempos en que vivimos solos. Y sobre la falta de alimentación, no la pasamos bien por ese lado”.

    Alberto espera que se condene a los imputados “por el mal que le hicieron a toda la familia”. Y reflexiona: “La razón que hayan tenido para hacer eso, no sé si era para haber maltratado tanto a una familia. Escuchando los relatos de mis tías, de mis tíos… Todo lo que ellos pasaron, no sé si la razón habrá sido suficiente. Riuli fue el que más daño le hizo a la familia; todos en general, porque cada uno desde su lugar cometió delitos contra los integrantes de la familia”.

    ***

    El 15 de febrero de 1980 Ceferino Páez tenía un año y medio. Asegura ante el tribunal que quiere contar cómo se enteró de todo lo ocurrido. Cuando llegaron en el año 1983 a Laguna Paiva, su madre fue contándole lo que había sucedido. Le dijo que su papá era empleado del frigorífico de Nelson y que formaba parte de un sindicato que defendía a los trabajadores. Que por ese motivo fue un perseguido político.

    De ahí en más se vieron obligados a abandonar la casa, a andar por diferentes lugares hasta que terminaron en Lima, en un horno de ladrillos. Y allí fue donde los secuestraron. Después, quedaron a cargo de su hermana Mónica.

    “Mi hermana tuvo que trabajar porque no solamente habían destruido la casa, sino que nos
    habían dejado sin ninguna clase de sustento. Hasta que se pudo recibir ayuda de parte de una institución, creo que era la Cruz Roja, y de algunos familiares. Era muy difícil que quisieran tenernos porque le complicábamos la vida a cualquier persona donde fuéramos a parar”, relata.

    Y agrega: “Mi hermana tuvo que hacerse cargo no solamente de trabajar en el horno de ladrillos con mi hermano Ramón, sino que también trató de ubicar a nuestros padres. Fue a una comisaría y le respondieron que probablemente estuvieran muertos”.

    Por lo que sabe, lo que le contaron, él en ese momento todavía tomaba el pecho. Y lloraba mucho. Años después, puede poner eso en palabras: “Estábamos muy desamparados. No recibimos ayuda de nadie. Y ella (Mónica) se vio obligada a trabajar con máquinas muy pesadas para que tengamos un sustento”.

    El testimonio de Ceferino tiene un contraste: de un lado la carencia, el abandono. Del otro, la violencia física sufrida por sus padres, la tortura, la mama embarazada siendo golpeada, el hermano mayor, aún niño, estando preso..

    Cuando Juana recuperó la libertad, volvió a buscarlos. En la ladrillería no estaban. Preguntando entre gente conocida, logró reunirlos. “Yo estaba en Zárate con mi hermano César, que está fallecido, en la casa de unos amigos de mis padres. Mis hermanos estaban en San Nicolás en algo así como un orfanato”, dice Ceferino.

    “Con mi madre nos fuimos a Esteban Rams y estuvimos alrededor de un año. Cuando volvimos a Paiva, la casa también estaba destruida. Así que literalmente tuvimos que arrancar de cero”, señala. Laguna Paiva II Laguna Paiva II

    La querella le pregunta si en algún momento Juana le contó si pudo identificar a alguien durante el operativo. “Eduardo Riuli”, responde. Y agrega: “Ella lo conocía de Laguna Paiva porque nosotros éramos oriundos de ahí”.

    Ceferino supo también que otros tíos, tías, primos y primas vivieron situaciones similares. Que sus tíos de Esperanza también habían sido secuestrados, que sus primos también quedaron abandonados. Que los primos de Esteban Rams fueron secuestrados y torturados, que los sacaron de su casa y dejaron todo allá abandonado.

    La querella le pregunta qué consecuencias tuvo lo que pasó en su vida. Él contesta: “Cuando llegamos a Laguna Paiva noté muchos cambios en mi mamá. Nos protegía demasiado, nos controlaba demasiado que no anduviéramos hasta tarde en la calle. Y una vez que me contó todo lo que pasó, me di cuenta de que ella vivía con mucho miedo. Es un miedo que es fácil de contagiar al resto de la familia. El miedo por ver a un represor, a un tipo que la pateó en el piso estando embarazada, impunemente en libertad. El peor estado en el que puede vivir una persona es con miedo”.

    También le pregunta qué espera del juicio. Y concluye: “Estamos agradecidos de que nos dejaron hablar, expresarnos… Cuesta mucho. Mi papá siempre creyó que el tiempo y la democracia iban a poner las cosas en su lugar y creo que es lo que está pasando ahora. Nosotros consideramos que el sentido común y la justicia nos van a devolver la dignidad y la paz que estos delincuentes nos robaron”.

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