En la segunda jornada testimonial del juicio Laguna Paiva II testificaron los sobrevivientes al allanamiento y los secuestros llevados adelante por un grupo de tareas en un campo cerca de Esteban Rams, en el norte de Santa Fe. Todos pertenecen a la familia Páez-Medina. Una adolescente de 15 años y sus hermanos de 8, 5 y 4 permanecieron secuestrados junto a sus padres en el circuito de detención clandestina de la ciudad de Santa Fe.

En la segunda jornada testimonial del juicio Laguna Paiva II se escucharon los testimonios de Graciela Páez, de sus hermanos menores José Santiago Páez, Miguel Páez y Rodolfo Lemos. También se escuchó a su madre, Elba Marcelina Medina, y a su padre, Miguel Guilfredo Páez. Al momento de los hechos, Graciela tenía 15 años y sus hermanos tenían 8, 5 y 4, respectivamente.

La familia fue secuestrada por un grupo de tareas en febrero de 1980, en el paraje Los Pocitos, cerca de Esteban Rams, en el norte de la provincia de Santa Fe. El objetivo era dar con el paradero de Arnaldo Catalino Páez, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, y hermano de Miguel Guilfredo.

Los imputados en esta causa son el ex juez Víctor Hermes Brusa y los ex policías Eduardo Enrique Riuli, Oscar Cayetano Valdez y Antonio Parvellotti.

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Graciela Páez se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. El 12 de febrero de 1980 tenía 15 años. Vivía con su padres, Elba Marcelina Medina y su padre, Miguel Guilfredo Páez en un campo ubicado a 30 kilómetros de Esteban Rams. En esa época, a ese campo se llegaba por un camino sobre un terraplén que hoy ya no existe. La familia vivía en un galpón que estaba dividido con chapas: de un lado el comedor y, del otro, el dormitorio. Trabajaban criando animales y sembrando sorgo y sandías. Graciela recuerda que, muy temprano esa mañana, su mamá se había levantado para darle de comer a las gallinas. Dice que, desde la ventana del galpón, pudo ver cómo llegaron muchos autos a la casa y que desde los vehículos sobresalían armas largas. Recuerda el griterío, que a uno de ellos se le escapó un tiro. Dice que no mostraron ninguna orden de detención ni de allanamiento. Cuando se le pregunta por la cantidad de gente que llegó a su casa, responde que eran muchas personas. Que cree que estaban de civil pero que no pudo ver bien porque enseguida le vendaron los ojos. Cuenta que les hicieron poner las manos arriba, que la subieron a un auto, que anduvieron unos metros y volvieron a la casa. Ahí la desvistieron, la taparon con una sábana húmeda y le pasaron electricidad por el cuerpo. Le preguntaban por el tío Tata (Arnaldo Catalino Páez). Después de eso la hicieron vestir y la llevaron a un baño. La esposaron a una garrafa. “¿Tu papá fue a verlo a tu tío?”, le preguntaban. A la tarde subieron a toda la familia en autos y en chatas. En medio del camino, pararon y tiraron ramas en la caja de la chata donde llevaban a su papá. Ella iba en otro auto, entre dos hombres que le hacían poner la cabeza para abajo. Cuando llegaron, la pusieron en un cuartito lleno de papeles. Escuchó la voz de su papá que pedía agua y escuchó también que le respondieron “no, si te damos agua vas a quedar como el gallito, pata dura”. Ella tenía los ojos vendados. Un hombre le dijo “me estás mirando”. Ella respondió que no. Le ajustaron más la venda. En un momento empezaron a preguntarle sobre su tío Catalino, si conocía más gente. Escuchó que sonaba una máquina de escribir y un apodo: “doctor”. En ningún momento le sacaron la venda pero percibió que el “doctor” era el que escribía en la máquina. Después le levantaron un poquito la venda y le hicieron firmar unos papeles que no pudo leer porque estaba vendada. Más tarde la llevaron a una comisaría. No sabe cuánto tiempo estuvo allí. En ese lugar vio a su tío, Luis Medina. Un día le tiraron agua, le vendaron los ojos y la esposaron. La llevaron a otro lugar, donde estuvo varios días sentada sobre un colchón o colchoneta con los ojos vendados. Cuenta que comía con los ojos vendados y que tomaba mate cocido con los ojos vendados. Por debajo de la venda podía ver pies y así reconoció los pies de sus tías Tesoro (Marciana Páez), Ramona Páez y Juana Medina. En ese lugar estuvo mucho tiempo contra la pared. Después le sacaron la venda y se encontró con su familia. Allí reconoció a los policías Ríos, a Molina, a Perizzotti. Dice que ahí estaba su mamá con sus hermanos José Santiago, Miguel y Rodolfo. Calcula que pasaron más de 20 días y que después recuperó la libertad con su mamá, sus hermanos y su tía Ramona, que vivía en Ceres. Dice que su tía Juana Medina contaba que sus hijos habían quedado solos. Dice que después se enteraron de que también habían detenido a su tía María Ceferina Páez y que sus primos también estaban solos. Que a su papá lo vio antes de que los lleven de nuevo al campo. Dice que fue Perizzotti (genocida fallecido en 2019) el que los llevó a ver a su papá. Que Perizzotti les dio a entender que, si hubieran caído unos años antes, estarían en una tumba. Dice que, en total, estuvieron un mes y algo. Secuestrados, subraya. Porque nadie sabía dónde estaban: los alzaron del campo y los llevaron a Santa Fe. Cuando los llevaron de nuevo al campo donde vivían, ya no quedaba nada. Todo era una tapera. Había crecido la gramilla, no estaban ni las gallinas ni los perros. No había ni un cuchillo, dice Graciela. Fue muy triste, agrega. Cuenta que después de lo vivido, quedaron con miedo. Si veíamos una luz, teníamos miedo de que vengan y nos lleven de nuevo, recuerda. Durante muchos años tuvo pesadillas. Relata que, incluso cuando ya era madre y su hijo tenía 3 o 4 años, veía una luz de auto, apagaba todo y se escondía atrás del corral de los chivos. Su papá estuvo detenido en Santa Fe y después en el penal de Rawson. Cuando recuperó la libertad, le contó que lo torturaron, que le ponían picana y que le preguntaban dónde estaba Catalino. Dice, finalmente, que para ellos la infancia y la adolescencia fueron muy difíciles.

Por pedido de la Fiscalía, a Graciela le acercan un expediente añejo, de hojas coloreadas por el paso del tiempo. Es el expediente de una causa federal por infracción a la Ley 20.840, sancionada en octubre de 1974, para establecer “penalidades para las actividades subversivas”. Le preguntan si reconoce allí su firma. Ella asiente: su firma está en varias fojas.

Graciela pide: “Que se haga justicia”. Y agradece por poder contar lo que tuvieron guardado por mucho tiempo.

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José Santiago Páez se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. El 12 de febrero de 1980 tenía 5 años. Vivía con sus padres, Elba Marcelina Medina y Miguel Guilfredo Páez y sus hermanos: Graciela de 15, Miguel de 8 y Rodolfo de 4. Dice que los fueron a buscar al campo. Dice que llegaron cuatro autos y que le empezaron a pegar al padre. Los hicieron mirar hacia el norte, hacia donde hay una represa. La familia, cuenta, se dedicaba a la cría de ovejas, de chivos, de chanchos. Dice que los hombres que llegaron carnearon dos chivos e hicieron un asado. Que a él y a sus hermanos les dieron una pata de chivo para que coman. Tiempo después, su papá le contó que en ese momento lo ataron al catre, lo mojaron y lo picanearon. José Santiago recuerda que en el operativo había un hombre flaco, alto, rubio, que apuntaba con el arma hacia el montón, que estaba vestido de civil y tenía un gorro de Colón con un pescado. Algunos estaban uniformados y otros de civil. Llevaron armas y dejaron las ametralladoras arriba de la mesa. Se manejaban con las pistolas, dice José Santiago. Cuenta también que cavaron zanjas buscando armas, que no encontraron nada. Recuerda que por la tarde, cuando ya iban en los autos, tiraron pasto en la caja de la chata donde iba su papá. Dice que él iba con su mamá, que le preguntó dónde estaba su papá y que ella le dijo que venía tirado en la chata. Dice que los llevaron a la Guardia Reforzada y que ahí estuvieron como tres meses. Recuerda el lugar: mesas largas, bancos y ventanales. Dice que Perizzotti iba a cada rato a espiarlos por la mirilla. Que solo entraban los que les daban la comida. Que un día su hermano Miguel se subió a un inodoro para ver por la ventana y lo rompió. Relata que cuando iba gente de la Cruz Roja, los hacían esconder abajo de una escalera. Que no hagan bulla, que venía gente importante, les decían. Al volver a la casa en el campo, dice, ya no quedaba nada: la tierra solamente.

Causa Laguna Paiva II
Fiscales y abogadxs querellantes de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Rosario. Foto: Mariángeles Guerrero.

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Miguel Páez se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. El 12 de febrero de 1980 tenía 8 años. Vivía con su mamá, su papá y sus hermanos en un campo ubicado a 30 kilómetros de Esteban Rams. Dice que esa mañana, temprano, estaban durmiendo y que escuchó que su mamá decía que venían muchos autos. Dice que después escuchó “arriba las manos”. Que la mesa de la casa tenía como un metro de largo y quedó llena de armas. Que había gente vestida de policía y otra vestida de civil. Que no mostraron ninguna orden de detención ni de allanamiento. Que sacaron las tazas de una vitrina y las usaban para disparar afuera. Que eran entre 20 y 30 personas. Que a la una o dos de la tarde les llevaron un pedazo de chivo que habían carneado. Dice que en ese momento a su papá lo torturaban en el galpón. Cuando los subieron a los autos, en un momento en que pararon, la mamá le pidió que vaya a ver si el papá estaba en la chata. Ahí lo vio: vio que estaba vivo, atado de pies y manos. Dice que a Santa Fe llegaron de noche y que quedaron presos en un lugar del que recuerda un portón grande y una pared alta. Recuerda también que había muchas personas esposadas mirando hacia la pared. Ahí lo vio a Perizzotti, también a Molina. Dice que a la mañana les daban café con leche. Que en ese lugar vio a la tía Tesoro (Marciana), a la tía Juana, a la tía Ramona. Que un día los llevaron en un colectivito al campo. Cuando llegaron, en la casa no había nada. Dice que fue muy triste, que estaba todo destruido. Que, al ver eso, la mamá lloraba y los abrazaba. Que al padre lo volvieron a ver más de un año después. Que por mucho tiempo lo esperaron. Él era el más grande y cuando volvía de la escuela tenía que ayudar a su mamá a acarrear agua desde la casa de un vecino para los animales que iban recuperando, porque se les había secado la represa. Después de que pasó todo y recuperaron la libertad, cuenta que en la escuela se portaba mal por todo lo que habían pasado. En esa época no había psicólogos, dice. Un día reconoció al hombre que les gritó “arriba las manos” en un cartel en Laguna Paiva: era Eduardo Riuli.

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Rodolfo Lemos se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. El 12 de febrero de 1980 tenía 4 años. Era pequeño, dice. Esa mañana estaba con su familia: sus mamá Elba, su papá Miguel y sus hermanos. Llegaron autos y escuchó el sonido de una explosión, parecido a cuando revienta un aerosol. Relata que a su papá y a su mamá los llevaron a otra parte y que a su hermana Graciela también. Él y sus dos hermanos varones estuvieron todo el día ahí. Con militares, dice. Cuenta que agarraron una taza, la pusieron arriba de un palenque y disparaban. Durante el viaje, que iniciaron por la tarde, se quedó dormido. Dice que se despertó de noche, con mucho ruido de autos, ruidos a los que no estaba acostumbrado. Dice que vio autos antiguos tipo Falcon. Dice que en el lugar donde los llevaron estaban su tía Juana, Tesoro (Marciana) y Ramona. Recuerda cuando volvieron a la casa. Que tenían un perrito que ya no estaba, que los animales que criaban no estaban, que su mamá lloraba. Afirma que lo que les pasó no fue una detención, fue un secuestro. “Escuché lo que le hacían a mi viejo y era inhumano”, dice. “Esas cosas pasan en las películas, pero pasó acá”, dice. Y dice también, que desde entonces, la vida cambió mucho: “mi mamá hacía de padre de nosotros y de sostén de los demás”.

Rodolfo Lemos espera: “Que se haga justicia. Que la Justicia no sea lerda. Que los acusados vayan a la cárcel y no a la casa”.

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Susana Vivas se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. En febrero de 1980 tenía 11 años, vivía en Ceres con su mamá Ramona Páez, su papá Leonardo Vivas y su hermana Marta Vivas, de 6 años. Eran los primeros días del mes. Cree que era domingo porque su papá, que trabajaba durante la semana, estaba en la casa. Una persona golpeó la puerta y preguntó por Ramona. A ella, a su hermana y a su papá les pidieron que esperen afuera. A su casa entraron unas cuatro personas. Afuera había personas armadas. El que llegó primero estaba vestido de civil, los que llegaron después vestían verde oscuro o un color similar. No mostraron orden de allanamiento ni de detención. Adentro rompieron todo, dice, y se llevaron fotos de sus tíos Catalino Páez y Miguel Páez y de su abuelo Marcos Páez. Estuvieron unas tres horas adentro, mientras ella, su papá y su hermana esperaban en la vereda. Después le dijeron que a Ramona tenían que llevarla a la comisaría. Ramona pidió cambiarse para salir, se lo permitieron. Y después ella se fue a pie con los dos hombres. A Graciela le quedó grabada aquella imagen: su mamá vestida con un pantalón rosado y una remera blanca, caminando entre los dos. Le quedó pintado en la memoria el momento en que su mamá se dio vuelta y los miró: a ella, a su hermana y a su papá. Leonardo Vivas les dijo a sus hijas que esperen y fue a la comisaría. Allí le dijeron que no había pasado nadie. Más tarde supo que Ramona estaba en Santa Fe, pero nunca se la dejaron ver. Él iba todas las semanas para intentar verla. Un día le dijeron que no sabían si iba a salir viva o muerta, que a eso no se lo podían decir. El 15 de marzo Ramona regresó a la casa. Les contó que le había vendado los ojos, que así había estado unos días. Que un día se le cayó la venda y le pegaron. Que vio a sus hermanos, Miguel y Catalino. Susana dice que la mujer que volvió después del secuestro no era la misma madre que se habían llevado. Que su mamá siempre había sido de estar mucho en las cosas de su escuela, de cuidarlos. Cuando volvió, casi no salía de la casa, empezó a tomar y se encerró en eso. Ramona falleció hace 11 años. Cuando le preguntan a Susana si sabe si otros miembros de su familia sufrieron hechos similares, responde que sí. Que sus primos de Esteban Rams le contaron que al tío Miguel lo ataron de pies y manos en un catre y le pasaron picana. Que hicieron tiro al blanco en el patio con sus tazas. Cuando empezó el juicio Laguna Paiva I reconoció, en una foto en un diario, que el hombre que había ido aquella mañana de 1980 a buscar a su madre era Eduardo Riuli. Dice que no podría olvidarse de la cara de ese hombre.

Susana Vivas espera: “Que se haga justicia por todo lo que pasó nuestra familia”.

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Elba Marcelina Medina se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. Dice que es cuñada de Arnaldo Catalino Páez, hermano de su esposo Miguel Guilfredo Páez y pareja de su hermana Juana. Enfatiza que el 12 de febrero de 1980 los secuestraron, porque no tienen ni una denuncia. Dice que todo pasó en el paraje Los Pocitos, cerca de Esteban Rams. Dice que Catalino solía ir en una época a ese campo, que tenía unas vaquitas que eran de Juana, que construyó un galpón. Que después Catalino se fue a Laguna Paiva. En la mañana del secuestro llegaron autos y patrulleros a su casa. Ella vivía con su esposo y sus hijos: Graciela, José Santiago, Miguel Alfredo y Rodolfo. A su casa entraron unas 20 personas de civil. Dice que a su hija se la llevaron al campo y que a su marido al galpón, donde lo ataron de pies y manos. Los hombres preguntaban dónde estaba Catalino. Ella sabía que Miguel y Catalino se habían comunicado por cartas. Después los llevaron a Santa Fe. Cuando los secuestraron, dice, los tuvieron en un lugar que se llama “Infantería”. Calcula que estuvieron un mes y medio en ese lugar. Ahí vio a Perizotti y a Molina (sentenciado en Laguna Paiva I). También vio a su hermana Juana y a sus cuñadas Marciana y Ramona Páez. Recuerda que Perizzotti los observaba por la mirilla. Que cuando venía gente a ella y a sus hijos los hacían esconder abajo de una escalera. Que Juana estaba descalza y con un pantalón corto; y que le contó que la habían pateado, que los habían torturado, que los habían tratado como animales. Juana estaba embarazada de María. El hijo mayor de Juana, Mario Ángel de 15 años, también estaba allí. Y estaba también su marido Miguel Guilfredo. Después, a Miguel lo llevaron al penal de Rawson. Lo liberaron al año siguiente. Cuando salió de estar secuestrada, Elba tuvo que pagar el inodoro que su hijo Miguel de 5 años había roto. Le dio la plata a Perizzotti. En la audiencia le preguntan si firmó alguna declaración: dice que no recuerda haber firmado ningún papel. Cuando volvieron al campo en Los Pocitos, no había nada en la casa. Elba dice que a Miguel lo llevaron para que diga dónde estaba Catalino.

Elba Medina dice: “A nadie le deseo esto, esa gente fueron unos cobardes”.

A Elba Medina se la escucha a través de una pantalla, sin posibilidades de repreguntas. Su testimonio es la grabación del testimonio que brindó en el juicio Laguna Paiva I. Falleció el 13 de julio de 2024.

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Miguel Guilfredo Páez se sienta ante el tribunal y cuenta lo que vivió. El 12 de febrero de 1980 vivía en el paraje Los Pocitos, cerca de Esteban Rams, con su esposa Elba Medina y sus hijos: Graciela, José Santiago, Miguel y Rodolfo. Miguel Guilfredo es hermano de Arnaldo Catalino Páez. Relata que cuando su hermano vivía en Laguna Paiva trabajó un tiempo en el frigorífico Nelson, donde fue delegado sindical. Eran las 6 de la mañana del 12 de febrero y a su casa llegaron muchos autos. Se bajaron hombres que gritaban “manos arriba” y a uno de ellos se le escapó un tiro. A él le vendaron los ojos y lo llevaron adentro de la casa. Ahí había un catre, mojaron el colchón y le pasaron electricidad por el cuerpo. Así estuvo más de media hora, con los ojos vendados. Le preguntaban por su hermano Catalino. Cuenta que, tiempo antes de estos hechos, él había ido a Lima (provincia de Buenos Aires) a llevarle plata a su hermano, porque sabía las condiciones en las que estaban él y su familia. Antes de ir a Laguna Paiva, Catalino había tenido un kiosco en Los Pocitos e hizo un galpón para sembrar, pero nunca lo usó. Miguel prosigue el relato y dice que desde el campo lo llevaron a Santa Fe. Que ese traslado fue en camioneta, que lo llevaron atado de pies y de manos, que el caño de escape estaba roto, tocaba la chapa de la camioneta y se quemó un poco. Que llegando a San Cristóbal pararon en la ruta y tiraron hojas secas arriba de su cuerpo. En Santa Fe, lo bajaron en lo que cree que era la calle Obispo Gelabert. Recuerda haber pisado hojas secas. No vio más porque tenía los ojos vendados. Recuerda haber subido a un calabozo que estaba alto. Recuerda que pedía agua y que no le daban, que sentía que se iba a morir de sed. En la audiencia, Federico Pagliero, el abogado de la querella le pregunta si sabe por qué no le daban agua. Él responde que escuchó la frase “a este le pasaron chicharra”. En ese lugar de Obispo Gelabert le dieron mate cocido y un pedazo de pan y le dijeron “comé esto que vamos a hacer un viaje largo”. Después del viaje frenaron en un sitio y le preguntaron si esa era la ladrillera donde trabajaba Catalino. Él dijo que sí. Dice que en el viaje de regreso no le hicieron nada. Cuando le preguntan si le hicieron algo a su cuñada Juana, dice que cree que no. Dice que escuchó un apodo: “el Pollo”. Dice que después lo bajaron a él y a su sobrino Mario. Después lo llevaron a la Comisaría Tercera y de ahí a la Guardia de Infantería Reforzada (GIR). Ahí reconoció a los policías Ríos, Mansilla, Molina, Córdoba. Dice que un día vio a su hermana, María Ceferina Páez, con una cinta roja en los ojos. Dice que Perizzotti era el que los recibía en Infantería Reforzada. Que un día le dijo que su familia ya estaba en el campo, pero después se la encontró en la GIR. En ese lugar se encontró con su cuñado Luis Medina y con los compañeros de militancia de Catalino: Ricardo Galván, Roberto “Cacho” Soria, Arrascaeta. Dice que a su hermano Catalino lo reconoció por la voz. A Miguel le tomaron declaración con los ojos vendados, solo le levantaron un poco la venda para firmar pero no sabe lo que firmó. De allí lo llevaron a la cárcel de Rawson. En la celda estuvo con su hermano Catalino, y con otros militantes que también estuvieron en la Guardia de Infantería Reforzada: Hugo Silva, Galván, Juan Carlos Sánchez, Alsogaray.

Miguel Guilfredo Páez recuperó la libertad en agosto de 1981.

A Miguel se lo escucha a través de una pantalla, sin posibilidades de repreguntas. Su testimonio es la grabación del testimonio que brindó en el juicio Laguna Paiva I. Falleció el 8 de mayo de 2025.

Laguna Paiva II

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