Luciérnagas curiosas que verán que eres mi consuelo

messi

El gol de Messi que más grité en la vida no fue un gol de Messi, sino un gol de Di María: aquel mítico gol del 1 a 0 a Nigeria en la final de los Juegos Olímpicos de 2008, en Beijing, que nos diera la medalla de oro.

Era mi último año de la secundaria. Recuerdo que estábamos viendo el partido en la casa de una de mis amigas y que era pasada la medianoche. Era ese momento en el que recién empezábamos a tomar bebidas alcohólicas sin mucho criterio. Algunos de esos productos, de hecho, ya no existen. Otros ya no podemos tomarlos porque nos romperían completamente el hígado.

Por ese entonces, Messi usaba el pelo casi a los hombros. Era feo, desgarbado. Las camisetas parecían siempre quedarle grandes, pero no de la manera canchera en la que ahora las usamos, sino como si la persona que hubiera estado a cargo del tema no le hubiera puesto mucha pila. Algo era seguro: el tipo transmitía una suerte de seguridad en la cancha que no parecía tener en el resto de su vida, ni en sus declaraciones ni en las campañas publicitarias que empezaban a aparecer por todos lados. Messi con la pelota era uno. Sin la pelota tenía la gracia de la comida de hospital.

Volviendo a esa madrugada, grité ese gol de Messi y de Di María sin saber que, durante las próximas décadas, iban a ser muchos más los que iba a gritar. Que también iba a putearlos. Que esa mesa de amigas y amigos iba a cambiar mucho, pero que casi siempre iba a estar rodeada de gente a la hora de sentarme a mirar la magia.

Antes de eso, bastante antes, mi hermana y yo solíamos pasar grandes tardes en el baldío frente a nuestra casa, pateando una gastada pelota del Mundial de Corea-Japón que ya no tenía prácticamente gajos de cuero, sino que era simplemente una bola de tela, algo desinflada. Recuerdo varias cosas: que el pasto siempre estaba un poco alto, que el calzado no era el adecuado, que no era común que las nenas dedicaramos tanto tiempo al balón pié. Recuerdo el sonido de la pelota repiqueteando contra el tapial, el hecho de que mi hermana prefería atajar y yo prefería improvisar un relato de jugadas que no estaban ahí. Una dinámica que se ha repetido bastante en el resto de nuestra vida.

Ella me había bautizado “Me-Gena" porque decía que empezaba jugando como Messi, pero terminaba como Gigena, que por ese entonces era uno de los jugadores más puteados de Colón. Es más, era un doble camiseta: había jugado en Colón y Unión.

El Megena, utilizado hasta el día de hoy, para mí no era un insulto, sino, más bien, una especie de lenguaje común: aunque todavía no teníamos muy en claro quién era Messi, Messi ya parecía una especie de sombra sobre nosotras. Era el muchacho que jugaba en el exterior, al que casi nadie podía ver, pero que empezaba a aparecer en los videojuegos que lográbamos piratear o crackear, como se decía en ese entonces.

No sé si la palabra se sigue usando.

De pronto, cada tanto, venían en un póster o en una propaganda las orejas de Messi. La sonrisa chueca, la pera dividida. El rostro de alguien que no tenía que probarnos absolutamente nada y, sin embargo, estaba todo el tiempo puesto a prueba.

messi

Es muy difícil que, cuando hablamos de Messi, no nos tornemos autorreferenciales. No quiero hacer acá algo al estilo Casciari ni mucho menos. Quiero, simplemente, decir que, en un contexto y en un momento en el que de a poco todo nos hace perder la ilusión, que Messi se retire no hace más que sumarse como un nuevo duelo a una oleada de pequeños dolores cotidianos a los que nos enfrentamos, a veces colectivamente, a veces en soledad.

Messi también es mis momentos de soledad.

Ahora lo veo barbudo, malhumorado, jugando en esa liga semiprofesional en la que juega, haciendo lo que quiere contra jugadores que llevan viéndolo jugar 20, 25 años sin poder detenerlo. El tipo juega igual desde el día uno. Sin embargo, nadie logró quitarle la magia.

Así fue como primero lo empezamos a ver en las publicidades, como una especie de promesa más del mercado que del fútbol. Después lo empezamos a ver en la cancha. Y en algún momento, quizás probablemente con aquel triunfo en 2008, o antes, en 2006, en ese mundial en el que Pékerman lo hace debutar, lo empezamos a ver en la calle. No recuerdo cuál fue la primera camiseta de Messi que vi, pero sí estoy segura de que fue fuera de contexto. Porque, al igual que con el Diego o con el club de nuestros amores, llevar la camiseta de Messi no tiene absolutamente nada que ver con un evento deportivo.

Probablemente la usamos para el cumpleaños de un amigo, para irnos de vacaciones, para comprar en el súper, para tomar mates un domingo a la tarde en la Costanera. Es una especie de manto, algo que llevamos como una segunda piel, una declaración de principios y, a su vez, absolutamente nada de eso.

Si hay algo que no tolero es cuando transformamos a Messi, al Diego y a cualquiera de esas figuras populares en una suerte de acto solemne. Para mí no hay nada solemne en torno a Messi. Eso es lo que lo hace tan hermoso, como todos los fenómenos populares que surgen desde abajo para arriba.

Foto: Lu Callero

A Messi nos lo quisieron vender y no lo compramos. Después, sí: lo adoptamos, nos lo apropiamos, lo hicimos nuestro, mientras él hacía un gran trabajo para que eso sucediera. Y mientras nosotros íbamos y veníamos pendularmente entre amarlo y odiarlo, porque le pedíamos resultados, porque le exigíamos que hiciera por nosotros lo que hacía por el Barcelona, por aquellos catalanes que lo amaban, lo idolatraban tanto como nosotros, pero no con nuestra misma pasión, jamás con nuestro fervor.

Uno puede medir la vida en presidencias, la puede medir en Mundiales, la puede medir en relaciones fallidas, la puede medir en trabajos. Yo de cada Mundial tengo un recuerdo. Y en esos recuerdos, en todos estos años, Messi ha sido protagonista o coprotagonista.

Vuelvo a la idea de esos primeros Juegos Olímpicos, esos que me agarraron a mí en el fin de la adolescencia, a punto de empezar a tener una idea de lo que era la vida adulta. Hay cierta sincronicidad en la vida de Messi y toda mi generación. Algo de eso de lo que hablamos cuando contamos que crecimos con Harry Potter, con un cantante o hasta con un político. No sé si los chicos de hoy en día tienen eso. No sé si son conscientes de cuánto te puede llegar a atravesar la vida una misma persona sin saberlo. En canciones, en libros, en goles, en esas formas distantes que a veces toman los abrazos.

Hay muchas cosas de Messi que yo miro con cierta ternura. El hecho de que, en un país de gente chamullera, cuentera, que colecciona anécdotas, él sea un tipo de pocas palabras. Ninguna, prácticamente. Muchos dirán, en esta cosa medio poética, que Messi habla con el fútbol. Para mí, Messi habla con la cara. Es algo espectacular de ver. Es como si una parte de él nunca hubiera perdido esa frescura infantil que le conocimos al principio.

Si el tipo está contento, se ríe. Si el tipo está triste, llora. Si el tipo está enojado, está muy enojado. El enojado, probablemente, sea mi favorito.

Hay, sin embargo, dos etapas de Messi que creo que a veces se pasan por alto: el Messi padre y el Messi hijo. Nació un nuevo Messi cuando nacieron sus hijos. Esto, claro, le debe pasar al cien por ciento del mundo, pero no el cien por ciento del mundo es Messi. De hecho, nadie está tan expuesto como él. No sabemos mucho cómo es Messi como padre. Quizás lo sepamos en el futuro, quizás no lo sepamos nunca. Sí estamos seguros de algo: esa pasión por el deporte parece habérselas transmitido al pie de la letra. Sus tres hijos, los tres varones, los tres futboleros, parecen amarlo incondicionalmente. Parecen querer imitarlo como todos los chicos sobre esta faz de la Tierra. Con una distinción: han tenido el privilegio de jugar con él en el patio de su casa. Como todos nosotros jugábamos a ser él en el baldío más cercano, en una cortada, en una cancha de fútbol 5.

Yo no sé si Messi ha sido tan feliz como lo es con sus hijos. En todo caso, la felicidad para él no es completa hasta que el partido no termina y esos tres guachitos bajan de la tribuna para darle un abrazo.

También está el Messi hijo. Ese que, al decir de Maradona, parece jugar para su papá. Ese que se apagó en el momento en el que su padre murió y que jugó su último Mundial pura y exclusivamente porque tenía la idea de que, prolongando el fútbol, iba a prolongar la vida. En ese momento compartí una reflexión: uno no puede dar lo que no tiene. Y por eso Messi creyó que podía curar a su papá con fútbol. Lo que no sabía es que un montón de veces ese gesto se transmitió a todos nosotros.

También he tenido profundos momentos de tristeza en los que un gol de Messi al Getafe, a una selección medio pelo o a alguno de estos equipos más falopa con los que juega ahora en la MLS me cambiaban completamente el día.

Pienso que Messi no le salvó la vida a nadie. O quizás sí y desconocemos esas historias. Pero sí hizo algo que a veces es mucho menos valorado, pero no por eso menos importante: en grandes pasajes de nuestra historia, la hizo más vivible. No me quiero poner de vuelta demasiado solemne y remitirme a la gente en los hospitales que usa su camiseta, a los chicos que se aferran a la idea de poder llegar a ser Messi para salir de la pobreza o a cualquiera de esas cosas que son un golpe bajo. Pero sí pienso que, en todos estos años, Messi nos acompañó con victorias y con derrotas en algunos de los momentos más complejos de nuestras vidas, colectivas e individuales.

Eso no aparece en ningún lado. No está en una estadística. No se toma en cuenta para un Balón de Oro. Pero no por eso deja de ser menos importante.

No hay estadísticas para el amor. No hay nada que pueda volver medible este sentimentalismo idiota pero profundamente nuestro: Messi es mis amigos, mi hermana, un lenguaje común, un enojo obtuso, injustificado, y un abrazo tardío pero justo a tiempo. Messi me hace llorar. Y me hace feliz y me contiene, aunque Messi no lo sepa.

Messi es las cosas que perduran en un mundo condenado a la intrascendencia. Aunque su carrera llegue a su fin, siempre será el chiste interno entre dos hermanas jugando contra un tapial. También lo será Gigena. Pero por él no hemos llorado.

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