Tras el intento de asesinato de CFK, crece una inquietante angustia de que todo siga igual y con el odio adentro. Por qué retornar a la paz democrática va tomar muchísimo más trabajo que acomodar un poco más o menos el discurso.

Las transformaciones súbitas no existen. Sin embargo, es preocupante que el acontecimiento del jueves esté siendo tan rápida y eficazmente reducido a ser un momento más de la dinámica implacable del sistema político argentino. Los guiones se repiten, la gramática del lenguaje político de los últimos 14 años no parece sufrir en sus reglas. Apenas 48 horas después, se ve a todos los actores principales –no sólo de la oposición, también del oficialismo– diciendo más o menos lo mismo, más o menos de la misma manera, más o menos a las mismas personas.

La política reducida a la batalla cultural y la batalla cultural reducida a la palabrería que se dice en las pantallas son el peor marco explicativo para recuperar la paz democrática. El problema no está en el tono de lo que se dice y en lo que se dice. El problema es que no estamos habitando en un mismo lugar y que, por tanto, no hay conversación. Hay monólogos para las propias tribus.

Qué pasó

Ni siquiera el jueves del intento de asesinato a CFK el repudio fue generalizado. Los líderes de la ultraderecha –Patricia Bullrich, Javier Milei– nunca expresaron debidamente su rechazo y los irresponsables sueltos –cono Amalia Granata– aprovecharon la oportunidad para hacerse ver y consolidar su electorado.

El viernes, Juntos por el Cambio ya había dejado atrás el tema del magnicidio y había pasado en bloque a cuestionar el feriado. El feriado del viernes pasó a ser el uno de los feriados más debatidos de la historia. Hemos visto feriados puente de último momento, pura celebración del descanso y el turismo, que se decidieron sin que nadie trinara tanto. Este feriado, justo este feriado, parece que no tenía razón de ser. El hecho de violencia más conmovedor desde el retorno de la democracia no merecía ninguna pausa. Para la oposición, parece que la clave era que al otro día todo siguiera igual, que todo retomara su ritmo habitual como si nada hubiera pasado.

El sábado, el problema pasó a ser que el oficialismo estaba politizando el intento de magnicidio. Un paso más. Fue triste el escenario en la Cámara de Diputados de la Nación, a diferencia de lo sucedido en nuestra Legislatura provincial, que fue ejemplar. Otra vez la rosca exhibida con sus entrañas al cielo, el chiquitaje y la miseria expuestos sin pudor. El oficialismo prefirió arreglar con Juntos con el Cambio un documento de unidad en el que el tema principal es “buscar todos los caminos que conduzcan a la paz social” y ni siquiera pudo evitar que el PRO descalificara la sesión, retirándose del recinto. Esta vez sí tuvo muchas y muy buenas razones la izquierda para seguir su línea de hierro, la abstención; repudiaron debidamente y sin cortapisas, estuvieron presentes en la sesión, aportaron sus discursos y reclamaron lo obvio: en el documento no hay ninguna mención a los discursos de odio. La izquierda quería dialogar con el oficialismo en un mismo plano, el oficialismo eligió firmar un documento con Juntos por el Cambio que, para la otra fuerza, fue apenas un acto de compromiso, una cáscara vacía.

“No es inocente ni gratuita la legitimación de discursos extremos, de llamados a la agresión, de planteos que niegan legitimidad democrática del adversario político. Nadie es individualmente responsable por las acciones de otros, pero quienes cedieron minutos de aire a los discursos de odio deberán reflexionar sobre cómo han colaborado para que lleguemos hasta esta situación” se dijo en la plaza de Mayo el viernes por la tarde. “Unidad nacional pero no a cualquier precio: el odio, afuera”, cerraba Alejandra Darín ante una masiva concurrencia, replicada en todo el país, con puntos históricos de asistencia como el de Córdoba. Las palabras leídas en el acto en defensa de la democracia del viernes aguantaron así menos de 24 horas.

Cuatro argumentos

Mientras se transmitía en caliente el intento de asesinato y durante el viernes, empezaron a brotar las cuatro líneas maestras argumentales de la oposición para describir el intento de magnicidio. Está el argumento del loquito suelto, el de la pollerita corta, la teoría del “todo armado” y la teoría de los dos odios. El objetivo, en todos los casos, es el mismo: que nada de esto toque a la oposición, que en nada es responsable de nada.

Si el problema es el loquito, el problema es la locura y no la violencia política y su justificación y contexto. Eso permite que todo siga diciéndose y haciéndose de igual manera desde quienes fomentan o justifican la escalada de la violencia política. El contexto del acto es la perturbación mental, no su razón política.

Si el problema es que el kirchnerismo fomentó la violencia sobre sí mismo (la pollerita corta), es el kirchnerismo el que tiene que pasar a dar pruebas de su inocencia y a justificarse como no violento. Esta es la línea editorial oficial de La Nación: el kirchnerismo cosecha el odio que sembró.

La teoría del atentado fraguado –expresada por Amalia Granata– es la más aviesa, porque se sustenta pura y exclusivamente en el marco de interpretación de quien escucha. Dicho más rápido: apela al odio al kirchnerismo en sus fundamentos más básicos, la evidencia es secundaria –no es evidencia, más bien– porque el hecho se explica por sus propios implicados. Cualquier cosa que suceda se reduce a ese marco. Si Google explicó que la nota de C5N anunciado el hecho cinco horas antes es un problema de su propio bot, será que el kirchnerismo compró a Google. De ahí, en más. Pese a lucir como el argumento más delirante es el más eficaz y es el que más está circulando, así sea soterradamente, porque no demanda otro esfuerzo que reafirmar la propia posición y denegar cualquier otra.

Si el problema es que todos odian por igual –la teoría de los dos odios–, estamos ante un argumento mucho más complejo, de mayor duración y decantación más pesada y duradera. Con ese argumento, el corrimiento del espectro político hacia la derecha más reaccionaria termina de realizarse. Y en gran medida esto tiene que ver con entender el avance del odio como una cuestión pura y exclusivamente discursiva, en su sentido más ramplón. Ahí sí quedan en el mismo plano los exabruptos de un Luis D’Elía y los de un Fernando Iglesias. Pero uno y otro tienen como contexto una relación muy diferente con la práctica de la violencia política.

Juntos por el Cambio y el kirchnerismo (aún con Berni adentro) hacen un uso muy diferente de las fuerzas de seguridad como brazo para reprimir a los movimientos sociales. Juntos por el Cambio y el kirchnerismo tienen una relación muy diferente con las organizaciones que enfrentaron a cuerpo a cuerpo a la dictadura y que hasta hoy sostienen la memoria. Juntos por el Cambio y el kirchnerismo tienen una relación muy diferente con el sostenimiento de la institucionalidad democrática en el continente.

La policía de Juntos por el Cambio le pegó a la gente hasta en el funeral de Maradona, sin recordar que la represión a la protesta social fue una constante entre 2015 y 2019 y sin contar que pocos días antes del intento de asesinato de CFK, la Metropolitana apuntó explícitamente a Andrés Larroque, Axel Kicillof y Máximo Kirchner, en la represión de Recoleta; el Juntos por el Cambio rotuló públicamente al movimiento de Derechos Humanos como un “curro” e hizo del negacionismo de la dictadura una bandera propia; Juntos por el Cambio apoyó al golpe de Estado en Bolivia, de palabra y enviando fierros, servicio que Jeanine Añez, la presidenta de facto, retribuyó por Twitter recientemente: “Achacar a la oposición de intento de asesinato a la acusada CFK, sin investigación e imponer feriado político para aleccionar a la Justicia, repite el modelo de autovictimizarse y promover el odio y la violencia que ya vimos tras el fraude en Bolivia”.

La presidenta de facto en Bolivia tras el golpe de Estado a Evo Morales sintetiza todos los argumentos de Juntos por el Cambio.

Doña Ximena Tezanos

Las declaraciones de odio son los borbotones que explotan públicamente a partir de una experiencia vital activa mucho más profunda, que resulta de la descomposición y pérdida casi total de espacios reales de encuentro y conflicto entre clases sociales.

Doña Ximena Tezanos es más conocida como la “vecina de Cristina”. Es la mujer que vive en el departamento de arriba, en Recoleta, y que todos los días pide que la chorra vaya presa. Durante las últimas semanas, Tezanos convivió con la militancia en las calles, con la cual se cruzó más de una vez y a la cual le prestó el baño en alguna ocasión.

Como registran las crónicas periodísticas, varios vecinos de Recoleta, como Doña Ximena, se asombraron de que en el acampe hubiera profesionales, personas de clases medias, artistas. Y también se asombraron de que los negros peronistas fuera más bien educados, mucho más educados de lo que imaginaban.

No se puede odiar lo que tiene rasgos humanos. Y los rasgos humanos se conocen con el cuerpo, no con la pura palabra. El discurso de odio abreva en una desigualdad económica que fue creciendo desde 1976 a la fecha y que está en sus puntos más extremos, después de que en 2015 se abortara el único proceso político democrático que supo reducirla: el kirchnerismo. Una desigualdad económica que se transformó en una desintegración social. Sobre ese sustento el odio neofascista se puede volver popular.

No hay puntos de encuentro entre clases en prácticamente ningún espacio y tiempo de la vida social. Porque antes que nada, el gran odio que enmarca lo sucedido el jueves es un odio de clase, que luego es un odio racial y que luego es un odio al peronismo. Cualquiera lo puede entender: es el odio a los negros peronistas.

Doña Ximena sigue pensando todo lo que pensaba antes respecto del peronismo, seguirá haciéndolo. Y está perfecto. Pero ahora pasó una semanita rodeada de negros peronistas y los humanizó. Es el primer paso del larguísimo camino para que ella y otras tantas Ximenas dejen de decir que hay que matarlos a todos, negros y peronistas, empezando por la Yegua.

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