Scaloni no puede levantar la mirada. La emoción lo atrapa y lo distingue, una y otra vez. El técnico no puede creer lo que ocurre, no entra en su cuerpo la nueva hazaña de este grupo de jugadores. Los conoce y sabe de lo que son capaces, pero no deja de sorprenderse. Incrédulo. Toda su vida jugando este deporte, atravesando cada uno de sus estadios y, sin embargo, la emoción vuelve a desbordar todo. Unos metros más arriba, Messi vuela por el aire. Sus lágrimas son de felicidad y alivio. Una descarga a este cúmulo de jugadas que lo hacían sentir culpable y nos dejaban con las manos vacías. El capitán que nos enseñó a llorar y a confiar. Un equipo para salvar al diez y un diez para salvar al equipo. Dos verdades elaboradas con una máxima: no fallarle a la gente.
Mi celular recibe memes de Mirtha, fotos de gente chequeando su presión, audios de personas sin voz. Mi viejo me graba uno de 3 segundos donde me confirma que está vivo. Lo escucho una y otra vez. Parece querer decir que estamos vivos, pero suena como un diagnóstico médico individual. Estamos lejos, pero compartimos el alivio. Adentro, abrazos y corridas; afuera, bocinas y gritos despavoridos. Las plazas y los santos se llenan de pisadas. El bullicio es estruendo en medio de la montaña y entre los edificios de la urbe. El cuerpo y sus sensaciones. Un desajuste entre el esternón y la garganta. Un malestar nos agobia, un tanto antes y un rato después. Lo llevamos a la cama y algunos despertamos con la tibieza de aquel cimbronazo.
En un instante el Mundial se transforma en una máquina de generar sufrimientos masivos:
Una enfermera se lleva a Diego de la mano;
Ariel Ortega le pega un cabezazo al arquero holandés;
Un tiro libre de Suecia se escurre por encima de la barrera;
El Pato Abbondanzieri se lesiona y no puede atajar los penales;
Alemania nos golea en el primer tiempo con Maradona como DT;
Higuaín y Palacio erran goles increíbles en el Maracaná;
Messi falla un penal con Islandia;
Arabia Saudita nos arruina el debut;
Mbappé nos empata tres veces una final absurda;
Cabo Verde nos obliga a jugar el alargue en dieciseisavos;
Egipto nos gana 2 a 0 en el minuto setenta y ocho.
Parece que todo ocurrió ayer. Un instante de terror tan efímero y fugaz. La angustia por quedar eliminados nos asfixia de tal forma que resulta más lógico rendirse ante semejante adversidad. Aceptar lo inevitable y resignarse a los designios de este deporte.
El 7 de julio nació mi mamá. Festejamos su cumple en familia alrededor de una mesa hermosa y con el partido de fondo. Fideos anchos. Se hace difícil digerir en medio de la derrota. Los bocados son complejos de masticar y todo cae pesado. Mal día para festejar. Prendemos las velas y aprovechamos para soplar deseos. Un bocado dulce para levantar la cosa. La Selección que nos acostumbró a ganar, reinventarse y desbloquear nuevos superpoderes. ¿Cómo se vuelve al partido luego de fallar un penal? ¿Cómo es posible que después de equivocarse constantemente un tipo tenga la lucidez y energía para asistir y empatar un juego que venía tan mal parido? ¿De qué lugar se pueden engendrar esas ganas monstruosas? Messi y su contagio. El grupo por encima del ídolo y el astro para prepotearlo todo. Leandro Paredes y ese movimiento defensivo que será meme, sticker y tatuaje. Lautaro Martínez para pelear, centrar y aguantar los últimos segundos. Las partes que potencian el todo. Un grupo de personas en cada pueblo y ciudad, enredadas en la misma bandera. Un millón de reels compartidos. Mis hijos llorando con su abuelo, arrodillados en el suelo festejando un gol inolvidable. La alegría más genuina y absurda. Incontenible y desenfrenada. Refugio y corazón de nuestra memoria colectiva.









