La noche profunda se altera con los gritos. Afuera hace frío, pero los balcones agitan banderas y los colores nos mantienen vivos. Hay gente corriendo por las calles al ritmo de las bocinas. Nos juntamos en la esquina, en un semáforo, en un kiosco, en la plaza o en el monumento. Algunos no distinguen el feriado del sábado, otros ya están de vacaciones. Hambre, sed y manija. Los valientes cumplen las cábalas. El televisor sigue encendido. Nadie se quiere ir. Nos acostumbraron a quedarnos hasta el último partido.

La sonrisa de Julián es un regalo de nuestros mejores pueblos. Sus compañeros lo van rozando mientras él corre con los brazos abiertos. Un pedacito de la humildad de Calchín, multiplicado en Buenos Aires, exportado a Manchester y Madrid para hacernos felices en cada instancia mundial. Convierte presionando contra la defensa australiana, definiendo ante Polonia, atravesando a todos los croatas que se le crucen en el camino y ahora enroscando ese triunfo frente al colectivo suizo. ¿Cuántos años tiene Julián Álvarez? Mantiene ese rostro adolescente que nos recuerda a la infancia. Y aunque él y varios de nosotros somos padres, seguimos vibrando como si el álbum de figus fuera nuestro.

"Quizá él no sabe lo que es jugar al fútbol en estas condiciones". El número 10 de Inglaterra le responde a su entrenador actual y a muchos de nosotros. Ayer Erling Haaland fue reemplazado durante el tiempo extra porque no podía más. El gigante noruego, extraordinariamente preparado, el que tiene 25 años y tuvo un partido más de descanso que el resto de los jugadores, no pudo completar la prórroga. Parece un robot, pero es humano. Más allá de cualquier análisis táctico o sobre el rendimiento que esperamos de los nuestros, Argentina está entre los cuatro mejores del torneo. Sacrificio, orgullo e historia.

En otros Mundiales aquella pelota de Julián quizás hubiese pegado en el palo. Y nuestros rivales convertían goles inolvidables: en 2018 Pavard recortaba aquel balón en el aire para hacer un remate que jamás volvería a repetir en su vida; en 2002 Anders Svensson convertía un tiro libre magistral; en 1998 Dennis Bergkamp pintaba un óleo para eliminarnos con la autoridad de un artista, y en 2014 Mario Götze inventaba una absurda pirueta a pocos minutos del final en el Maracaná. Jugadas inolvidables que nos privaron de alcanzar esos instantes memorables. Hoy las memorias tienen otros nombres: Gonzalo, Lionel, Cristian, Emiliano, Lisandro, Enzo, Alexis, Julián y Lautaro. Tatuados en las paredes y la piel, alimentando los registros de natalidad para la posteridad de un fútbol que nos mantiene ilusionados. Mundial

¡Que nadie arme la valija! Nos quedan un par de asados más. Unos mates o un fernet, con la compañía de siempre, o lo que toque sortear. Una cábala intocable o la confianza ciega en estos pibes inmensos. Me acuesto exhausto y despierto sereno. El corazón me acompaña tecleando. Ojalá algún día podamos defender la Patria como lo hace Lisandro Martínez. Su forma de poner el cuerpo en cada situación, una oferta de pase en cada momento y sector de la cancha. Un apoyo, un hermano, una ayuda al prójimo y la singular delicadeza para pisar, gambetear y asistir. Una tijera salvaje y magnífica estuvo a punto de hacernos delirar. ¡Bestial! Su creatividad no tiene límites y su intensidad alcanza los picos más altos de este torneo (opinión, no datos). Mundial

Anoche soñé con mi viejo. Me despertó su abrazo. ¿Cuál será su último Mundial? Un día voy a cantar un himno sin que esté ahí, del otro lado de la mesa pelando una bolsa de papas o afilando la cuchilla. Habrá una tanda de penales sin su mímica verborrágica, adivinando el destino de cada ejecutante junto al televisor. Un día voy a dejar de ser su niño. Un día nos vamos a quedar con las manos vacías. Anoche soñé con mi viejo. En el abrazo, me recordaba que si no salto, soy un inglés. Mundial

Ya no escribo por cábala

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