Tengo 41 años, soy hincha de la selección y perdí más de lo que gané.
Crecí con una alegría ajena e incomprensible.
La del Dios Azteca gambeteando a tanto inglés, barrilete cósmico de nuestros padres.
Me tocó atravesar aquellos 36 años sin levantar ese trofeo dorado.
Fueron 8 mundiales entre un título y otro
pero siempre encontré una forma de paliar la derrota:
En el 86 apenas sabía decir mamá,
en el 90 estaba en el jardín de infantes cuando me cambiaron de escuela,
en el 94 lo más importante era que mi viejo sea campeón en el club de mi pueblo,
en el 98 descubrí el evento Mundial; el resultado pasó a segundo plano,
en el 02 me rompieron el corazón antes de salir del secundario,
en el 06 me enamoré de mi compañera de vida,
en 2010 me mudé con ella y empecé a pagar impuestos, alquiler y supermercado,
en 2014 recién era padre y estaba construyendo mi casa con Procrear,
en 2018 me enfoqué en defender al mejor jugador de la historia, aunque no pudiese sentir el peso del trofeo.
Hace unos días fui al cine a ver El partido. Una película documental sobre el enfrentamiento de cuartos de final de México 1986 entre Argentina-Inglaterra. ¿Cuántas veces vi las imágenes, leí y escuché hablar sobre ese día? Un partido más allá de nuestra retina y bajo la lupa de millones. Una historia por encima de otra, una cuestión de fe, una forma de sentir el fútbol en este lado del planeta. ¿Cuándo empieza y termina un partido? La voz de Diego ilumina la sala, y los rostros de espectadores y viejos conocidos. Miles de momentos Maradona filtrándose por nuestro ADN. La emoción de las cosas, los detalles inauditos y el dolor que se envuelve entre las cruces de Malvinas. El relato de Víctor Hugo Morales para acompañar cada toque del recorrido memorable, la narración de Valdano para explicar con criterio y elocuencia, una pequeña carta de Jorge Luis Borges, y el cierre con Mercedes Sosa y Gustavo Cerati cantando “Zona de promesas”.
¿Somos otra familia luego de tres años y medio? En casa vamos dejando la primera infancia y uno de mis niños se me escurre en los vaivenes de la adolescencia. Cumplieron 10 y 13. Quizás este Mundial sea un momento de encuentro y conexión. Sin la necesidad de corregirlo todo el tiempo. Un espacio de charla para volver a ser faro, para escucharlos y preguntarnos cosas. La posibilidad de cultivar un ritual. Y la chance de gritar juntos y abrazarnos en un gol sobre la hora. El de 10 me taladra la previa y el alargue con preguntas de difícil respuesta. Para el de 13 el desafío es mirar el partido sin el celular en la mano ¿Podremos dejar el pequeño aparato en modo avión?
Como en Qatar 2022, escribo con el privilegio de poder tomarme el tiempo para hacerlo. Con la panza llena y sabiendo que tengo un sueldo digno para los que más quiero.
Un regalo en medio de tanta demencia y la miseria que nos distingue como especie.
Escribo ocultando la culpa que me da poder sentarme, divagar y corregir.
Lo hago sin IA y sus respuestas instantáneas que todos saben leer.
Escribo con la tensión cervical, con el miedo de no llegar a tiempo, con el estómago revuelto y haciéndome el boludo ante cosas realmente serias.
Escribo después del partido, alargando la noche y con la sonrisa plena.
Alimentando este hobby solitario que no genera ingresos, demora el trabajo y retrasa horas de descanso.
Ya no escribo por cábala.
Lo hago sabiendo que no hay nada más allá,
que nada me hará más feliz que aquel instante post penal de Montiel.
Lo hago por mí y para mí, sin pensar en los likes, los comentarios y devoluciones.
Lo pongo en palabras para un yo de otros mundiales.
Para que mis hijos recuerden que cada cuatro años,
mis ojos brillaban con una pulsión diferente.









