Susana Martinelli: una declaración de amor, un dibujo desde el cautiverio en 1976

    Susana Martinelli
    Dibujo de Susana Martinelli, hoy en manos de su hija Mariana.

    Susana Martinelli fue asesinada por la dictadura en 1976. Más de 40 años después su hija, Mariana Luz Oliva Martinelli, recibió, por parte del hijo de un represor, los dibujos que hizo su mamá estando secuestrada. Esos retratos sirvieron como prueba en el juicio de lesa humanidad por el crimen de su madre. Su padre, Carlos “Calú” Oliva, permanece desaparecido.

    Un trazo en lápiz dibujado sobre un papel desde un calabozo. Un mensaje dentro de una botella tirada al mar. Una cuna angelada, imaginada al filo de la muerte. La propia tortura, la tortura del ser amado, retratada como única voz posible entre ruidos de botas y esposas y gritos de desesperación. Dedos que rellenan delicadamente las sombras. Imágenes que buscan trascender la libertad arrebatada. Una palabra arriba: “Arrorró”. Y una firma, en prolija caligrafía manuscrita: “Cariñosamente. S.”.

    Mar del Plata, 5 de agosto de 1976. Susana, como le decían a Laura Susana Martinelli, estaba en el taller textil donde vivía con su beba de meses: Mariana Luz Oliva y su compañero, Carlos “Calú” Oliva. “Calú”, también conocido como “el Correntino” había ido a cobrar el sueldo de Susana, que era docente municipal de Mar del Plata. La Municipalidad había retenido su salario como forma de emboscar a la pareja. Ambos eran perseguidos por su militancia en Montoneros.

    Días antes, la patota de la Armada había hecho una “ratonera”. Había encerrado a dos tías de Susana (Mercedes y Ester Aquino) en su departamento de la ciudad atlántica. Buscaban, exigían, información sobre su sobrina y su pareja.

    “Convivieron con ellas porque no las dejaban salir, estaban privadas ilegalmente de la libertad, pero en su domicilio. Y habían intercambiado algunas palabras acerca de mí, de las familias de origen. Ellos les decían ese verso, que era el discurso oficial: que iban a estar más seguros estando detenidos que en la clandestinidad”, relata Mariana.

    Quizás fue por eso, cree, que cuando secuestraron a Susana, a la beba la dejaron dentro de un bolso. Y al bolso en una tintorería situada en la esquina del taller textil donde vivía clandestinamente la familia. Más tarde, llamaron a la casa de Ester y le avisaron que la niña había quedado (abandonada) en aquel comercio. Cuando la fue a buscar, recuerda que vio cómo la patota se robaba cosas de la casa.

    La niña fue recuperada por las tías, que la llevaron a Corrientes, donde vivían sus familias materna y paterna. Mariana creció entre la casa de sus dos abuelas. Recuerda a ambas desde el amor y la protección que le brindaron. Su abuela, Emilia Aquino de Martinelli, era conocida como Beba. Además de perder a su hija Susana, perdió también a su hijo Pablo Martinelli, acribillado en plena calle en Resistencia en noviembre del 76.

    La familia hizo toda clase de averiguaciones. En todas, les informaban que la pareja estaba detenida en Mar del Plata. Cerca de octubre o de noviembre, Pedro Martinelli fue a una nueva entrevista. Y le dijeron: “Martinelli, usted tiene otros hijos, vaya y déjese de hinchar para que no les pase más nada”.

    La patota le había dicho a Mercedes y Ester que les iban a permitir hablar por teléfono una vez que estuviesen detenidos. Ellas llamaron a la Base Naval de Mar del Plata, para hablar con Susana y preguntarle cosas sobre la bebé. Fue Calú quien atendió el teléfono y les dijo que Susana no podía hablar porque estaba muy nerviosa. Ese fue el último registro que la familia tuvo de ellos.

    Se desconoce en qué momento trasladaron a Susana y a Carlos a la Base Naval de Bahía Blanca. Pero el 1° de enero difundieron la noticia de que, a raíz de un enfrentamiento, fue abatida el 31 de diciembre Laura Susana Martinelli. La información publicada fue un parte del Ejército. También decía que Carlos Oliva y dos personas no identificadas se habían dado a la fuga. Carlos, Calú, permanece desaparecido hasta hoy.

    susana y carlos
    Susana y Carlos.

    La infancia

    Mariana dice que creció rodeada de amor y de verdad. Siempre supo quién era, quiénes eran sus padres. Y que su abuela “Beba” fue la gran heroína. “Las abuelas lo fueron, en general, porque hicieron de tripas corazón para salir adelante. En el caso de mi abuela materna, con dos hijos asesinados: uno en noviembre y mi mamá a finales de diciembre. Y mi papá, desaparecido”, agrega.

    La joven cuenta que, para que les devuelvan el cuerpo de su tío Pablo, tuvo que intervenir su abuelo Pedro. Él había sido profesor de educación física y había dado clases en el Ejército. Para 1976 ya era un capitán retirado. “Pero para darle el cuerpo le hicieron firmar un certificado de defunción por accidente. A la novia de Pablo, Lilián, la secuestraron y estuvo dos o tres años detenida”, relata. Esa mentira oficial, que se sostuvo durante años, fue revertida en 2023. La jueza federal de Resistencia, Zunilda Niremperger, dejó asentado que la muerte del joven de 22 años no fue un "accidente" sino un "homicidio". Y ordenó la corrección de la partida de defunción.

    En ese contexto, dice Mariana, de repente había una bebé que era el legado de los hijos. “Ella (Beba) hizo todo para seguir adelante con los hijos que tenía. Hacía el duelo como podía, lloraba a la noche. Eso me lo contaron, porque yo no la recuerdo llorando”, agrega. Mariana transitó su infancia entre las casas de sus dos abuelas.

    “Creo que ellas fueron mis salvadoras y yo fui su salvadora. Fue lo que quedó de ambos hijos, tanto para una familia como para la otra. Siempre hicieron todo lo posible para que no me faltara nada, para que no sintiera la ausencia”, sostiene.

    En la casa materna, Susana estaba presente en fotografías: de ella bailando, de ella como reina de la comparsa Zunzún, donde también —tiempo después— bailó Mariana. Era habitual y natural escuchar historias sobre ellas. En la casa de Calú también se hablaba, pero de cuando él era chico.

    Santa Fe, la maternidad, la búsqueda de verdad

    Cuando tenía 18 años, Mariana se mudó a la ciudad de Santa Fe para estudiar Diseño Gráfico en la Universidad Nacional del Litoral. Cuando fue madre, relata, sintió por primera vez la ausencia. “Yo me hice huérfana cuando fui madre. Antes no sentí esa falta porque era tanto el amor, la protección, el cuidado. Había colaboración entre mis abuelas”, recuerda.

    El peso de la ausencia, la pregunta por la verdad sobre qué había pasado exactamente con sus padres y los abuelos de sus hijos, la llevó a investigar.

    La tía Mercedes, Mecha, vivía para ese entonces en La Paz (Entre Ríos). Participaba de la búsqueda de Calú junto a las Madres y las Abuelas. Mariana muestra un pañuelo blanco, bordado con el nombre de Carlos Alberto Oliva: el que Mecha usaba en las marchas. “Y yo lo uso ahora”, dice la joven.

    Mecha tenía un maletín donde guardaba todo un archivo: recortes de diarios, denuncias, el testimonio en papel de años de búsqueda. Más de una vez le había dicho a Mariana que esa información estaba ahí, para cuando ella quisiera verla. Pasó el tiempo y un día la sobrina pidió que le mostrara esa valija: “Fue zambullirme en una historia terrible, oscura”. Era el año 2001.

    Mariana volvió a aquel 5 de agosto del 76, al taller textil donde había vivido por última vez con su mamá y su papá. Decidió escribirle una carta al compañero que les había prestado solidariamente su última casa en plena dictadura, sabiendo el peligro que corría la familia. Quedaron en contacto y, sin planificarlo, un 5 de agosto, pero de 2001, Mariana volvió a Mar del Plata. Alberto “Cacho” Pellegrino, aquel joven compañero del taller textil, vivía en la casa que les había prestado.

     

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    De regreso a Mar del Plata susana martinelli

    Mariana define ese retorno como un “bautismo, pero lindo”. “Siempre fui depositaria de mucho amor. Todos los que querían y amaban a mis viejos, me terminaron transmitiendo ese cariño a mí”, recuerda.

    Y también supo un poco más de la vida militante de Susana y de Carlos. Patricia Molinari que militaba con ellos y también estuvo secuestrada, le contó algunas cosas que para Mariana fueron sanadoras. Explica: “En ese en este tiempo yo sentía ese enojo... ¿Por qué se arriesgaron tanto? ¿Por qué no buscaron la manera de escaparse?”.

    Pero Patricia le contó que Susana estaba preocupada, que se lo había dicho a sus compañeros. En esa conversación, Calú le contestó que podía desencuadrarse, pero que estaban fichados y que el riesgo seguía igual.

    “Cuando Patricia me cuenta eso, me llegó el testimonio de una sobreviviente de que efectivamente mi mamá estaba preocupada por mí. Y empecé a reconstruir ese amor, en definitiva. También supe por mi tía Mecha que ella le había dicho ‘te la voy a dar a Mariana’. Había una preocupación real de mi vieja por cuidar, proteger”, recuerda.

    A Mariana le recordaron a sus padres como excelentes personas. Un compañero le había conseguido trabajo como bibliotecario en la Facultad de Derecho de la Universidad de Mar del Plata. Y Calú usaba ese trabajo como parte de la militancia, para generar asambleas. Lo recuerdan como una persona muy querida, muy tranquila pero que cuando tenía que decir las cosas, las decía.

    Pellegrino le recordó cosas de su infancia: que era una casa muy humilde y que el baño estaba afuera, que tenían que calentar el agua para bañarla, que ella hacía un enchastre en la cocina, que era muy lindo ese momento.

    “Cacho me dijo que mamá era muy callada, me sorprendió mucho que me diga eso porque yo no la pienso como una persona callada. Para mí habrá estado muy preocupada o muy angustiada”, dice Mariana.

    Los dibujos: el mensaje que llegó 41 años después

    En 2017, Mariana recibió una llamada del abogado Pablo Vassel, oriundo de Corrientes y especialista en derechos humanos. Le dijo que tenía información sobre su mamá. Se citaron y él sacó de una carpeta dos dibujos, reconocidos por Mariana por la letra inconfundible de Susana.

    “Fue una emoción gigante. Me di cuenta enseguida de que eran dibujos de mamá”.

    Son dos imágenes que se conservaron en el tiempo. Solo el papel adquirió el color amarillento propio del paso de los años. En uno, una cuna con una beba, la cuna rodeada de corazones. Personajes de ensueño cuidan el descanso de la niña. En otro, una pareja sentada. Cada uno en una silla, con una expresión profunda de tristeza, los ojos bajos, las manos atadas. Abajo se lee “mismo que sin palabras”. Porque, quizás, no había palabras para el horror. Solo la posibilidad de mostrarlo, aunque sea con un papel y un lápiz.

    Mariana observa el dibujo de la cuna y dice: “Enseguida me doy cuenta que esta soy yo, dibujada por ella”. Alrededor de la cuna, la fantasía: muñequitos, duendes, una luna protectora, un corazón y otro más. “Es una declaración de amor”, define la hija.

    Sobre el segundo dibujo, dice: “Es super doloroso, porque es evidente que eran ellos dos detenidos, puteando, pensando en la libertad, llorando, tosiendo, intentando hablar. Y un título: ‘Más que sin palabras’. Es un autorretrato total de ellos”, asegura.

    “Recibir esto fue un tesoro”, agrega.

    Susana Martinelli
    Dibujo de Susana Martinelli, hoy en manos de su hija Mariana.

    Vassel le explicó el viaje de aquellos dibujos desde el calabozo a las manos de Mariana. Los dibujos de Susana permanecieron en la casa del represor Hécto Raúl Azcurra por casi 40 años. Hasta que su hijo, Martín, los encontró y decidió buscar a la familia de quien había hecho esos retratos. El joven fue uno de los primeros integrantes de “Historias desobedientes”, colectivo conformado por hijas e hijos de genocidas que repudian el accionar de sus padres.

    Héctor Raúl Azcurra era suboficial de Inteligencia de la Prefectura Naval. Cumplió funciones en la Fuerza de Tareas 6 (también conocido como FUERTAR 6), en la Base Naval de Mar del Plata. Durante la dictadura, ese lugar funcionó como centro clandestino de detención. En 2020 fue condenado a cadena perpetua por su participación en los delitos de lesa humanidad cometidos en aquel lugar en la megacausa conocida como Subzona 15.

    Desde 2024, Azcurra atraviesa un nuevo proceso judicial: el juicio conocido como Subzona 15 III. En él fue imputado por ser coautor de los delitos de privación ilegal de la libertad doblemente agravada (por mediar violencia y amenazas), imposición de tormentos agravada (por ser cometidos en perjuicio de perseguidos políticos), homicidio calificado, violación en forma retirada y agravada y abuso deshonesto.

    En ese juicio testificó Mariana. Y también Susana, a través de su hija. A través de sus dibujos.

    Susana Martinelli
    Dibujo de Susana Martinelli, hoy en manos de su hija Mariana.

    Prueba en el juicio susana martinelli

    Los dibujos de Susana, un autorretrato hecho de puño y letra por la víctima, fueron admitidos como prueba en el juicio. Al momento de brindar su testimonio, Mariana tomó las imágenes y las alzó frente al tribunal. Los trazos delineados en la oscuridad del cautiverio tomaron forma en el cuerpo de la hija amada. Y ella dijo: "Esta es mi vieja".

    Tiempo después, asegura: “Esos dibujos hoy me dicen muchas cosas. Pero el dibujo de la bebé es una declaración de amor, todos los días, cada vez que lo veo. Estoy segura de que su amor era auténtico y de que me tenía en sus pensamientos. Que quizás el mundo de ella, perseguida, era conseguir un mundo mejor para todos, para todas, incluida yo. Pero también es una caricia, es un bálsamo constante, permanente y totalmente afirmativo. No hay dudas de que el lazo madre-hija está. Eso confirman esos dibujos”.

    Que los dibujos hayan sido considerados prueba en el juicio es muy importante para Mariana. “Es muy esclarecedor y gratificante el camino que hicieron esos dibujos, aguardando un momento sublime de ser presentados en un juicio. Al haberlo presentado yo, siento que le estoy dando cuerpo, voz y vida para que mamá pueda dar testimonio en el juicio. Eso es necesario para mí, para la historia de mi familia y para la sociedad. Creo que eso excede el juicio, porque estos dibujos confirman el trato inhumano que recibieron todos los detenidos-desaparecidos en el marco de la dictadura. Creo que eso es trascendental y necesario”.

    Sobre el gesto de Martín Azcurra, sostiene: “Hace falta ser valiente para ser hijo, tomar el camino contrario y de algún modo intentar sanar o corregir lo que sus progenitores hicieron con tanta violencia. Es un lugar muy difícil: estar en los zapatos de Martín es más difícil que estar en los míos. El trabajo de reconstrucción de identidad que hay que hacer es más arduo y dificultoso que cuando uno ha perdido a sus padres pero mantiene la identidad. Yo me siento muy agradecida a Martín por haberme acercado esos dibujos que para mí valen oro”.

    Esas imágenes, guardadas en un cajón y entregadas por un militante por la verdad a la hija de Susana Martinelli y Carlos Oliva, fueron parte de la conmemoración del último 24 de marzo. A los 50 años del golpe, Mariana marchó con sus hijos con los dibujos de su madre estampados en sus remeras. Para que el recuerdo no quede solo en el papel, para que el testimonio perviva y siga viajando a través de los años. Como una botella en el mar que llegó a destino.

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