
Por Maria Laura Schaufler
Llegué a Recife anteayer. Recife, la del Nordeste Brasilero rojo, el Nordeste colorado. Subí a un avión en Rosario que me llevó a Sao Paulo, donde intenté sacarme una foto haciendo la L con la mano, pero me sentí cohibida por la población que usualmente viaja en aviones… y su estética y comportamientos presuntamente de derecha.
En el aeropuerto infernal de Sao Paulo ayudé a un turista uruguayo parecido a Landriscina que creía estar siendo estafado por la empleada de una franquicia de café. La empleada era negra y no tenía ninguna paciencia con este señor blanco (aunque nunca blanco para la mirada europea) que le reclamaba el equivalente a unos miserables $3000 argentinos (y que en Uruguay no deben servir para comprar absolutamente nada). Fui a intentar mediar, pues el hombre creía y decía que entendía portugués pero no podía comprender que el QR del posnet expiraba. Para calmarlo, le expliqué que la empleada no ganaba nada si él pagaba con QR a una franquicia y que no lo estaba estafando. Ella nunca me agradeció, más bien me trató mal al meterme en el paquete, como si este tipo y yo formáramos una cofradía blanca hispanohablante. “Sólo voy a hablar en portugués de ahora en más”, exclamó enojada, pero como hablo portugués le deseé que tenga un buen día, comprendiendo que no debe haber lugar más estresante que un café de franquicia en la ciudad más enorme del cono Sur. Pero la división estaba en sus ojos: la clase, la raza, la lengua, que nos separa de Brasil como una cordillera mayor que los Andes.
El uruguayo estaba acompañado por una uruguaya, bastante más feliz y menos preocupada por los $3000. Una mujer que alquila su casa de veraneo a argentinos en Canelones o por ahí y que adora que “sabemos disfrutar”, no como ellos, los uruguayos.
-¿Y cómo está Argentina?- me preguntó, auscultando mi progresismo.
-Pésimo con Milei- respondí.
Y ahí el uruguayo preocupado por sus $3000 soltó una batería de discursos y chicanas de izquierda, algunas generalizaciones sobre Argentina como si ésta fuera solamente CABA y frases con una conciencia de clase de la cual no pudo hacer uso minutos atrás con la empleada.
En fin, despegué de Sao Paulo, su clima pesado y ritmo frenético hiperestresado, en un avión repleto de personas mucho más coloridas, bajitas y amarronadas. Aunque me tocó compartir asientos con una rubia promotora de alguna cosa y una evangelista al otro lado que leía la biblia. Ellas no hablaban entre ellas pero sí conmigo, como si fuera una canciller extranjera que ecualiza sus diferencias.
Para mi fortuna, en el aeropuerto de Recife me esperaba la socia de mi colega docente universitaria. Con un vestido adornado con calcomanías de Lula y un auto ploteado con la cara de Luiz Inácio me paseó por la playa de Boa Viagem (la más tradicional de Recife), mientras nos pasaban enormes camionetas dirigidas por hombres con la cara de Flávio Bolsonaro.
El domingo mi colega me llevó al cumpleaños número 74 de su padre, un señor muy alegre y cariñoso, que le regaló el libro El Capital de Marx cuando ella cumplió 15. Un señor que que desde hace un tiempo se junta cada semana con sus amigos jubilados militares y se volvió defensor de Bolsonaro, cuando simultáneamente su hija se tornaba una referencia feminista en la academia.
El lunes salí a caminar por un parque con mi colega. En el camino nos cruzó un flaco integralmente vestido de rojo -muy al estilo Chapulín Colorado- con un parlante que sonaba a viva voz: OLÉ, OLÉ, OLÉ, OLÁ, LULA, LULA! Más adelante, otro varón esperaba sentado con un sillón vacío a su lado y café listo a quien quisiera conversar con él sobre cambiar su voto de Bolsonaro a Lula. Una militancia 1 a 1 de lo más increíble. Lo felicitamos por su esfuerzo y seguimos camino.
Al llegar a la casa de mi colega de vuelta pusimos el canal de TV O Globo. Telenovela, noticiero y campaña electoral, todo al mismo tiempo.
La campaña de Bolsonaro hijo habla de inflación. ¿Inflación dicen? Siento que está hablando de mi país, no de Brasil, donde de un año a otro los alquileres no cambian y el precio del combustible está mucho más bajo que en Argentina. Esta gente no sabe lo que es vivir con inflación. Se quejan por el precio del tomate. “No tienen idea”, pienso para mis adentros. Pero además, la campaña podría ser la de la oposición a Milei (ya quisiéramos…): se trata de ‘actuaciones’ de familias endeudadas, ficciones de negocios que cierran, sin imágenes reales, como las que vemos a diario en casa. Pareciera hablar más del país que preside Milei que el que preside Lula. De todas formas, el eje de la campaña gira en torno de un solo tema: el dinero propio. No la vivienda, no la educación, no la salud, el dinero.
La campaña sucia asocia a Lula con el voto de los presos, como si éstos no fueran sujetos de derechos ni siquiera humanos… olvidando que el principal preso de este país es el padre de Flavio, como la noche anterior el sagaz de Lula remarcó. Pero además la campaña de Flávio está minada de imágenes de mujeres pobres y racializadas que aparecen como votantes y de hombres blancos burgueses como políticos.
La campaña de Lula, por otro lado, se enfoca en principio a ‘desenmascarar’ a Bolsonaro hijo: corrupción comprobada, recortes al Estado de Bienestar, dichos sexistas. Una estrategia más de “Ele não”, que, ya sabemos, no funciona demasiado. Pero entonces se suman spots sobre la alegría, la masividad de los cuerpos en las calles vestidos de rojo, una marea roja como pertenencia, bastante más atractiva.
Los vices no aparecen en ninguna de las 2 campañas, que son personales: Lula o Flávio, con esa tendencia brasilera a hablar con apodos o nombres y nunca apellidos. Con un Lula que sigue remando a pesar de tener 80 años y que tiene que una vez más demostrar su valor luego de posicionar a Brasil como la potencia del Sur Global. Con un Bolsonaro vestido con camisas celestes, tan prototípicas de nuestra decadente derecha argentina.
El papá de mi colega va a votar a Bolsonaro hijo. Sus suegros también. Pero a mi no me preocupan los votantes viejos, me inquietan los jóvenes cuya rebeldía fue carcomida por El Capital. Aunque también me desaniman los millones que eligen no votar.









