Las crisis del presente y del futuro

El ex ministro de Trabajo de Santa Fe, Carlos Rodríguez, advierte sobre el desafío de responder a las demandas del mercado ante los cambios inminentes en el mundo laboral.

Al momento de escribir este artículo (*), la noticia que sobresale en la agenda pública es la decisión del gobierno nacional de recortar carteras y, en ese contexto, la posible degradación de Trabajo de Ministerio a Secretaría. A la luz de la pérdida de 106.200 empleos registrados durante el primer semestre del año en el país, la destrucción de 5.800 puestos industriales a lo largo del pasado mes de junio y la caída de 30 mil empleos en el segundo trimestre respecto al trimestre previo, cabe plantear el interrogante acerca del carácter y la trascendencia que la gestión de turno le presta al área laboral, más aun si se decide barrer la categoría ministerial.

“No hay salida en este esquema económico. Cuando se tiene un valor de interés del 30, 40%, ¿quién va a invertir en la producción de empleo? Además, la competitividad con el extranjero es prácticamente imposible en estas circunstancias. La consecuencia inmediata es la desocupación y el trabajo informal. La changa está limitada porque la clase media que era la dadora no lo hace”, diagnosticó con preocupación Carlos Rodríguez al ser consultado por Pausa sobre ese cruce –tan complejo como interesante para el análisis– entre el futuro del trabajo y la dura realidad.

Quien fuera el primer ministro de Trabajo de Santa Fe, de la mano de la composición gubernamental que puso en práctica Hermes Binner a partir de 2007, profesional especializado en medicina del trabajo, comparó el cuadro argentino con el de otros países y advirtió que cuando la clase media era fuerte “se andaba por Latinoamérica y se veían mayores niveles de pobreza fuera del país. Pero hoy día tal posición no sé si se puede seguir manteniendo. Cuando se compara con Chile, por ejemplo, la diferencia es notable. El nivel de digitalización de Colombia y de México es muy superior al nuestro. Tengo la sensación de que nos estamos quedando atrás, cada vez más. Y esto es peligrosísimo”, advirtió.

—¿De qué manera se puede actuar frente al cierre de fábricas y el consecuente desempleo?

—Lo que hay que hacer es lo que se hizo en la otra crisis, que me tocó (2009). Tratar de repartir el trabajo que hay. Tratar de recortar las jornadas de trabajo con la menor pérdida de salario posible –sugirió–. En nuestra época lo pudimos hacer sin que hubiera pérdida de salario. En vez de ocho horas hacer seis o cuatro. Es decir, repartir el trabajo que haya porque no hay subvención estatal que cubra después lo que falta en la mesa todos los días.

—¿Cómo analiza la necesidad de contar con más de un trabajo para sobrevivir?

—Estamos un rato en cada lado. Eso genera un desgaste para el trabajador, incluso para su salud. El primer desgaste es saber que uno puede perder el trabajo en cualquier momento. Y el segundo, andar saltando de uno en otro hace que se sienta que no se rinde en ninguno. Es absolutamente injusto. A esta altura, (John) Keynes pensaba que íbamos a trabajar 15 horas semanales.

—A partir de su experiencia como funcionario, ¿cómo se debe concebir la salud laboral?

—Frente a un accidente, la posición habitual es la negligencia del trabajador sin ver la organización del trabajo que está detrás. En vez de preguntarse por qué, la respuesta siempre es “por culpa del trabajador”, hay que preguntarse qué hechos fueron necesarios para que ese accidente ocurriera. Lo que formamos en inspección de trabajo es una metodología distinta tratando de sacar esta culpa que no existe, que es una aberración. Y transferir en el fondo la responsabilidad al empleador.

—¿Qué horizonte hay ante la pérdida del poder salarial?

—Difiere bastante el sector público del privado. El problema más grande y más complejo está en el sector privado porque las expectativas son el despido o el cierre de la fábrica. No siempre se puede luchar todo lo que se pretendería. En este momento, el hecho esencial es tener trabajo y si es posible trabajo en blanco y en segundo lugar discutir la remuneración como un hecho indispensable, no subordinarlo.

—A esta altura del proceso histórico, parecería que la discusión transita por cuestiones ya planteadas un siglo atrás…

—Lo peor es que estamos discutiendo con instrumentos viejos. Con un sindicalismo que solo cree en el trabajador que tiene salario. Hoy, a mi juicio, el sindicalismo debiera ver de forma conjunta a los trabajadores. No se puede tener a la mitad de la población sin defensa. Ese sindicalismo del siglo XX se acaba porque no va a ser así el mundo del futuro. El monotributista está haciendo la misma actividad que quien está en relación de dependencia. Hace falta un sindicalismo nuevo en ese sentido –subrayó–. Debería abarcar a todos los trabajadores. Estén dentro de lo regular o de lo irregular, no se puede abandonar a su suerte y que se arreglen como puedan. El sindicalismo tiene historia en organización y debería tener una cobertura mayor.

—¿Cree que al sindicalismo le falta tener mayor reflejo de lo que sucede en las bases?

—Cada vez va a haber más teletrabajo. Esto es un hecho. ¿Cómo se van a manejar los sindicatos? Ni saben quién es el patrón. Las grandes cadenas de suministros aparecen con patrones que son innominados, que no se saben quiénes son ni en qué país viven. Por otro lado, estos trabajadores van a estar fuera de todo tipo de remuneración reglada, de todo tipo de convenio colectivo. Hay que pensar que eso se viene y que el convenio colectivo debe servir absolutamente para todos. Sé que es utópico plantearlo en este momento. Pero es un derecho de todos los trabajadores. Tener trabajo remunerado y seguridad social son derechos básicos.

—Sin embargo, hoy el trabajo en blanco es un privilegio…

—Lamentablemente, sí. Si se observan empresas con menos trabajadores, es casi excepcional el trabajo registrado. Lo demuestran las inspecciones. Es complicado sobre todo para los más jóvenes. Los jóvenes tienen otro problema anexo para el futuro: su falta de formación en los temas que van a necesitar desarrollar y mala formación en algunos otros.

—¿Por ejemplo? 

Uno de los últimos lugares que trascendió por despidos masivos (357) fue la Agencia de Noticias del Gobierno de la República: Télam.

—La matemática es el pilar básico que van a necesitar para el futuro porque todo va a ser digitalizado. Cuando se piensa en el trabajo del futuro, no hay que pensar solamente en un robot. El robot va a reemplazar todas las tareas rutinarias. Con eso sacan la industria manufacturera, pero con la inteligencia artificial se va a reemplazar trabajo cognitivo. Se suma un problema de grandes dimensiones. Se va a necesitar un trabajador con formación permanente –recalcó–. ¿Qué convenio colectivo está hablando de formación permanente? Cada cuatro o cinco años será necesario recalificar para hacer las tareas que haya para hacer. Todas van a necesitar calificación. No va a haber tareas descalificadas porque esas las harán los robots. Esto ya está pasando.

—¿Cómo pensar el futuro del trabajo y la incertidumbre actual?

—Hoy día se habla de la uberización de la economía en el mundo, como nuevas formas de trabajo. El gobierno no se está tomando en serio este proceso que viene al galope. En 15 años se supone que las personas van a llegar a los 120 años. ¿A qué edad se van a jubilar? Porque no hay sistema que aguante –planteó el especialista–. No veo que el tema esté siendo discutido. No está siendo planteado qué tipo de educación es necesaria, qué es ciudadanía digital. Estas cosas todavía no forman parte de las preocupaciones porque hay una preocupación de supervivencia inmediata. En 15 años este mundo estará cambiado totalmente. Van a desaparecer profesiones. Y habrá profesiones nuevas que no tenemos bases para pensarlas. Qué va a pasar con las personas de 40, 50 años, que va a entrar a un mundo absolutamente nuevo.

—¿Cuál es, entonces, el eje central del problema?

—Cómo se va a distribuir la riqueza que se produzca a través de esta modernización es la clave del tema. Una de las cosas que se plantea es la renta universal. Se prevén dos salidas alternativas. O la renta universal, partiendo de la base de que todos trabajamos de alguna forma y por lo tanto debemos tener una renta. Y la otra es la repartición en las ganancias por el hecho de que cualquier persona está haciendo que la productividad siga, incluso el desocupado.

—¿Qué factor fue sobresaliente en su misión como ministro de Trabajo?

—Hubo un par de años con problemas y los resolvimos con dos cosas. Nacieron las mesas tripartitas y ayudó mucho a que nos entendiéramos. Y todos sabían que yo no era neutral. Estoy por los trabajadores. Se daba un nuevo gobierno que se miraba con mucha expectativa y había un diálogo muy bueno con las partes, el empresariado y los trabajadores. Pudimos sacar la ley de comités mixtos que no la había sacado otra provincia. Es decir, el derecho de los trabajadores a participar en la defensa de su salud a través de comités paritarios que tiene toda América latina. Siempre se pueden hacer cosas. La firmeza del Ministerio de Trabajo ayuda. La receta fundamental fue tener muchas instancias de diálogo.

Trayectoria

Médico especializado en trabajo, fue director nacional de Salud y Seguridad en dos oportunidades. Entre 1979 y 1983 encabezó en España los primeros Centros de Salud Laboral. Fue profesor de Medicina del Trabajo en Barcelona, donde dictó posgrados. En nuestro país fue profesor de Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo en la UBA. Trabajó en la Organización Panamericana de la Salud. Antes de asumir como ministro, fue gerente de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo.

(*) La entrevista fue antes del anuncio de fusión de ministerios.

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