Un adolescente de 14 años fue secuestrado junto a su padre y a su madre embarazada, en el marco del terrorismo de Estado. Su padre, Arnaldo Catalino Páez, era militante sindical perseguido durante la dictadura. Como consecuencia de ese secuestro, siete niños de entre un año y 12 quedaron abandonados. El juicio Laguna Paiva II lleva por primera vez ante el Poder Judicial Federal el abandono de persona contra las infancias como delito de lesa humanidad.

En la tercera audiencia de la causa Laguna Paiva II se escucharon los testimonios de Mario Páez, María Deolinda Itatí Páez, Mónica Páez, Ramón Páez, Carlos Páez, Alberto Páez y Ceferino Paéz; todos hijos del militante del PRT Arnaldo Catalino Páez, fallecido en 2016. También se reprodujo el testimonio de Juana Tomasa Medina, compañera de Catalino, que ya había testificado en la causa Laguna Paiva I.

Para apresar a Arnaldo Catalino, la Policía de Santa Fe realizó varios operativos en el que secuestraron a cuatro niños, una adolescente y abandonaron a otros once. En esta segunda parte de la crónica de esa audiencia, reproducimos el testimonio de Mario, Juana y María Itatí Páez. Mario fue secuestrado cuando tenía 14 años junto a sus padres. En ese momento, Juana estaba embarazada de María.

Según los testimonios, del secuestro participó el ex juez federal Víctor Brusa (entonces secretario del Juzgado Federal de Santa Fe), quien se encuentra en el banquillo de los acusados. Los otros imputados son los ex policías provinciales Eduardo Riuli, Oscar Valdez y Antonio Parvelotti.

Este 23 de julio se leerán los alegatos de la querella (representada por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Rosario y sus abogados, Federico Pagliero, Noelia Zarza y Julia Giordano) y de la Fiscalía (representada por el auxiliar fiscal Nicolás Sacco). A las 8:30 habrá una conferencia de prensa y, posteriormente, una radio abierta.

El 30 de julio será el turno de los alegatos de la defensa y también se conocerá la sentencia.

El tribunal está conformado por Ricardo Vázquez, Mario Gambacorta y Osvaldo Facciano.

Los testimonios

Mario Ángel Páez le cuenta lo que vivió al tribunal. “Soy hijo de campesinos”, se presenta. El 15 de febrero de 1980 tenía 14 años. Vivía en un horno de ladrillos cerca de Lima, provincia de Buenos Aires, con su padre, Arnaldo Catalino Páez; su madre, Juana Tomasa Medina y sus hermanos menores: Mónica, Ramón, Carlos, Alberto, César y Ceferino. Habían llegado allí por el exilio interno al que se vio forzado Catalino tras el golpe de Estado de 1976.

Mario Páez y Juana Medina. Foto: Gabi Carvalho

“Mi padre trabajaba en el frigorífico de Nelson. Ahí comenzó su tarea de defender los derechos de los trabajadores, formó un grupo con sus compañeros que se denominó La Lucha. Empezó a comprender que debía manifestarse en forma pacífica sobre la situación de cada obrero. Con el correr del tiempo, empezó a militar en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores)”, relata Mario.

Y agrega: “Mi padre fue perseguido por sus ideales, porque era un hombre que iba siempre al frente. Se manifestaba como lo hacen hoy los militantes políticos cortando una calle, exigiendo a la patronal a través de un paro que mejoren su nivel salarial, su trato, cosas que ya conocemos”.

Mario dice que su padre tuvo que abandonar su casa en Laguna Paiva, llevando a su familia. Y que se autoexilió en su propio país durante cuatro años. Estuvo en Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires. “Siempre trabajando y siempre con la familia”, recuerda.

Ese 15 de febrero de 1980 su padre había ido al médico, en Lima. Mario estaba trabajando en el horno. Después del mediodía, se quemó la bomba que abastecía de agua a toda la ladrillería. La bomba estaba en un cachimbo, un pozo que tiene una profundidad de un metro y medio o dos. Y en ese pozo estaba Mario, con otros chicos de su edad, intentando resolver el problema.

Juana aprovechó que se interrumpió el trabajo por la rotura de la bomba y fue hacia la casa, que estaba dentro del mismo campamento, a ver cómo estaban sus hijos más chicos. “Estaba descalza con una bermuda color bordó y con una camisa liviana, porque ese día hacía calor”, recuerda Mario.

El siguiente recuerdo son los gritos, las sombras de personas corriendo que se proyectaban en el techito a dos aguas que tenía el pozo. Les gritaron que salgan. Cuando él iba subiendo, alguien lo agarró de los pelos. “Quien me saca del pozo es un hombre que conozco, que tiene un gorrito de trapo con un pescado al frente dibujado con los colores de (el club) Colón. Otro hombre mayor era el que daba las órdenes. Ese hombre era de estatura mediana, casi baja, canoso y también con un sombrerito de trapo”, detalla.

Por todos lados, dice, veían personas con armas, vestidas de civil. Esas personas reunieron a todos los trabajadores del horno en una fila y empezaron a preguntarles sus nombres. “Y me preguntan el mío”, dice Mario. “Eduardo Riuli, que era el que tenía el sombrerito de Colón, me toma con una de sus manos, porque en la otra tenía un arma larga, me agarra de la nuca y me tira al piso. Y me pregunta por mi padre. Cuando le digo que mi padre estaba en el médico, me levanta y me pone como escudo humano. Me lleva hasta la casa donde estaba mi madre. Cuando llegamos, la estaban golpeando y le preguntaban por su marido. Ella decía lo mismo que yo: que había ido al médico”, relata.

Cuenta que ese hombre lo tiró al piso, que le pisó la cara, que él llegó a poner la cara de costado y que el hombre le apuntó con un arma larga en la nuca. Escuchó que le dijo a su madre: "Mirá gorda, o decís dónde está tu marido o a este te lo hago boleta aquí nomás. Vos decidís”. El hombre canoso se acercó y le dijo algo al oído a Juana. Mario después supo; le dijo: "Gorda, no te dejes pegar. Decí lo que sabés”.

A Juana la arrastraron de los pelos y la llevaron con su hijo Mario donde todavía estaba la fila de trabajadores. “Ahí llegaron más de 20 personas vestidas de civil, que después conocí donde estuve secuestrado. A Eduardo Riuli lo reconocí porque es de Laguna Paiva, donde viví gran parte de mi vida”, dice Mario.

Al poco tiempo llegó Catalino. “Él venía en un colectivo y vio lo que estaba sucediendo. Si hubiese sido otro, hubiese seguido en el colectivo como si tal cosa. Pero él bajó y, cuando bajó, se le tiraron todos encima. Lo golpearon, le pegaron en la cabeza con un arma y lo esposaron”, recuerda el hijo.

Después los cargaron en un camión a él y a sus padres. Sus hermanos quedaron abandonados a cargo de Mónica, que tenía 12 años.

En el camión estaba el hermano de Catalino, Miguel Páez: vendado, esposado y con los pies atados, sentado en un colchón sucio. Juana lo saludó al subir y alguien le dijo que le iba a volar los sesos si no se callaba la boca.

A Mario le pusieron una cadena con un candado en su mano derecha y otro en su pie izquierdo y una capucha ceñida. Tiempo después de que el camión se había puesto en marcha, escuchó los lamentos de su padre. “Y le digo, ‘viejo, decime qué te pasa’ y en ese momento alguien me pega una piña. Cuando despierto, con la mano trato de desprender un poco la capucha porque me estaba asfixiando. Y alcanzo a ver en las paredes de la caja del camión los reflejos de la baliza, porque ese camioncito tenía una ventana chica en uno de sus lados”, relata.

Viajaron un trecho largo. Alguien de la patota iba cantando una marcha militar. Cuando descubrió que Mario se había aflojado la capucha, le pegó otra vez y Mario ya no recuerda hasta que llegaron a un lugar donde los bajaron.

Ya era de madrugada. El camión empezó a menguar la marcha y a bajar por una pendiente. Se escucharon las dos puertas traseras del camión abriéndose y Mario sintió que bajaban a alguien; después se dio cuenta de que estaban bajando a su tío Miguel. A Mario alguien lo tomó de un brazo, lo levantó y, siempre con la capucha puesta, lo tiró del camión. Cayó con todo el peso de su cuerpo sin esperar ese golpe: “Fue algo tremendo, un dolor que no soportaba, no me podía enderezar”.

Cerca de donde estaban, se escuchaba el ruido del agua golpeando en una costa. “Me di cuenta de que nos habían bajado abajo de un puente. En ese momento nos tienen a las vueltas y mi padre y mi madre quedan en el camión”. A Mario y a Miguel los subieron a un auto.

Cuando llegaron a destino, a Mario lo ingresaron a una habitación angosta, sin luz. Solo tenía una puerta hermética con una reja para pasar un plato de comida. En la habitación de al lado dejaron a su tío. Mario lo reconoció porque lo escuchaba toser.

Mario estaba descalzo, con una bermuda vaquero cortada con una tijera y una camisa de grafa verde: su ropa de trabajo. Cuenta que tuvo que hacer sus necesidades fisiológicas en esa habitación, que dormía sentado en el piso. Allí estuvo varios días encerrado, hasta que lo sacaron para lavarse.

Un par de días después llegó a ver que sacaban a su tío, también para lavarse. Después no lo vio más. Mario recuerda sonidos: una cancha de fútbol, sentía que la tenía ahí nomás, en el patio.

Con el correr de los días lo empezaron a sacar para lavar los autos que había en el lugar; así reconoció el auto donde los habían llevado, un Falcon. Empezó a tener charlas con personal de policía recién ingresado. “Chicos jóvenes”, dice Mario. Cuenta que le decían “nosotros no tenemos nada que ver con esto, estamos cansados de ver cosas, estamos acá porque es nuestro trabajo y cumplimos con nuestro deber”.

Esos mismos chicos jóvenes fueron los que les dijeron dónde estaba: en el D2, Departamento de Informaciones de la Policía de Santa Fe, en un edificio que aún existe en la esquina de San Martín y Obispo Gelabert. 

También le fueron indicando quién era quién: el Gato, el Tordo, Brusa. Supo que Eduardo Riuli, a quien conocía de Paiva, trabajaba allí como sumariante.

Cada vez que lavaba un auto le dejaban un arma a propósito, dice Mario, en el piso o en un asiento. Y el portón del lugar abierto. “Cada vez que yo encontraba algo de eso, llamaba a alguno de estos chicos, les hacía retirar el arma y les pedía que cierren el portón porque no tenía ningún deseo de escapar a ningún lado”, relata.

En ese lugar estuvo dos meses. Vio llegar a compañeros de militancia de su padre, como a Ricardo Silva: “Lo ingresaron y lo colgaron, lo tenían desnudo, le tiraban agua congelada, lo golpeaban, lo torturaban”. Otro sonido en la memoria: la canción “Tengo alma de marinero” de Palito Ortega a todo volumen. La ponían, dice Mario, cada vez que torturaban a alguien. Pero él igualmente escuchaba los gritos de desesperación.

Un día le dijeron que le tenían una sorpresa y lo llevaron a otra habitación. Pusieron una silla frente a él y allí sentaron a su padre. Riuli estaba detrás de Mario, con las manos en sus hombros.

Catalino estaba vendado, esposado. Le sacaron la venda y Mario vio su boca rota, la lengua afuera, los ojos que apenas se veían, los moretones. 

Riuli le dijo: “Mirá, es tu viejo. ¿Lo conocés?”. Él respondió que sí, que era su padre. El policía arremetió: “Bien. Decinos lo que sabés, porque si no te va a pasar lo mismo que a tu viejo”. Mario le respondió: "Yo no sé nada, hermano”. Pero Riuli retrucó: “No, vos tenés que saber. Mirá cómo está tu papá”. Y Mario repitió: “Yo no sé nada”. Mario cuenta la conversación al tribunal y dice: “En ese momento lo miro a mi padre y lo único que hace es sonreír”.

Con el tiempo, Mario le preguntó a su padre por qué esa sonrisa. Y él le dijo: “Porque era la única forma de mostrarte que me ponía contento de verte vivo, porque pensé que no te iba a ver más”. 

Mario dice que se siente muy impotente porque no tuvieron la posibilidad de tener un juez, un abogado, una defensa. “Es más, nosotros no hicimos nada”, subraya.

Otro día fueron a la habitación donde estaba encerrado y le dijeron que iban a tapar el hueco que tenía la puerta para pasar la comida con un papel. "No queremos que toques nada ni que digas nada porque la vas a pasar muy mal”, lo amenazaron.

El cartón que pusieron tenía un orificio muy chiquito y Mario alcanzó a ver a su madre del otro lado. Sentada, esposada, vendada. Con la bermuda que tenía puesta cuando la secuestraron, con la misma blusa de aquel día de calor. Vio llegar a Riuli, traer una mesa, una máquina de escribir y una silla. 

“Yo ni respiraba. Le pone el papel a la máquina y lo empareja. Y empieza a caminar alrededor de mi madre. Y le dice, ‘Decime lo que sabes, gorda. Decime lo que sabés de tu marido”. Y mi madre decía: ‘Yo no sé nada de mi marido’. Él le dijo: ‘Decime, es mejor que me lo digas porque tenemos a tu hijo y vos lo sabes’. Ella le dijo: ‘Yo no sé nada, señor. Ni siquiera sé quién es usted para contestarle, yo no lo veo, no sé quién es usted’. Y ahí empezó a pegarle patadas en el vientre a mi madre como un animal. Mi madre gritaba desesperada, le dijo que no sabía nada. Y él se sienta y pone lo que se le antoja en la máquina de escribir. Papeles que después me dijo mi madre que tuvo que firmar sin saber lo que había puesto”.

Después de esa escena, cayó la noche, abrieron la puerta. Y a Mario le dijeron “Mirá, al lado hay un colchón, ahí van a pasar la noche con tu madre”. A Juana la levantaron y la llevaron con él, esposada y vendada. “Mi madre estaba dolorida, pero estaba más afligida porque no sabía cuál era el destino de sus hijos. Me contó de qué forma torturaban a mi padre a la orilla de un río en una casa casi de campo. Al otro día se la llevaron. Y no la vi más hasta que me fue a buscar”.

A Mario lo trasladaron después a la Guardia de Infantería Reforzada. “Ahí estaba el señor Perezotti. Nos sentó, la sentó a mi madre y le dijo: ‘Mira, vieja, llevatelo a este. Pero yo te voy a advertir algo: si este tupamaro llega a hacer lo mismo que tu marido, te lo limpio en cualquier esquina. Fíjate lo que vas a hacer’”.

Mario dice que todas esas amenazas hicieron que, por temor a que les suceda algo a sus hijos, su madre no denunciara. “Siempre le reprochó a mi padre lo que habíamos vivido, pero porque estaba con el temor de perder los hijos”.

Mario recuerda que su padre era un militante apasionado, que vivía de su trabajo. “Siempre buscaba aprender cosas nuevas porque como él vino desde muy abajo siempre le gustó prepararse, tener todas las herramientas posibles para trabajar con los demás compañeros”.

Riuli, el que le pisó la cabeza, el que lo secuestró, el que le apuntó con un arma, el que le mostró a su padre desfigurado para amenazarlo, el que pateó a su madre en el piso, era vecino suyo en Laguna Paiva. Y lo siguió siendo cuando retornó la democracia. 

El testimonio de Mario se ve a través de una pantalla porque es el que brindó en el marco del juicio Laguna Paiva I. Al final del video, se lo escucha decir: “Me siento un poco avergonzado por la Justicia que tenemos. Hace 41 años que venimos bregando por esto. Parece mentira que nosotros, que hemos sufrido tanto, no tuvimos la posibilidad que tienen estos genocidas, estos ‘viejitos’ como le dicen ellos, de quedarse en su casa. Es triste lo que está pasando en mi país, es muy doloroso. Me hubiese gustado de corazón que en este lugar esté mi padre”.

La madre, siempre la madre

Juana Tomasa Medina le cuenta lo que vivió al tribunal. El 15 de febrero de 1980 vivía con su compañero, Arnaldo Catalino Páez, y sus siete hijos: Mario, Mónica, Ramón, Carlos, Alberto, César y Ceferino. Estaba embarazada de tres meses. Trabajaban en un horno de ladrillos cerca de Lima, Buenos Aires. Ese día, relata, llegaron 15 o 20 personas armadas a su casa.

Era mediodía, ella estaba cocinando. Estas personas le empezaron a preguntar por Catalino y ella les dijo que había ido al médico. Pero no le creyeron.

Ramón, su hijo de 10 años, estaba jugando a las bolitas en el patio. “Llegaron, le agarraron las bolitas, se las tiraron al campo. Y empezaron a pegarme. Los chicos lloraban, gritaban porque veían cómo me pegaban”, recuerda Juana.

Agrega: “Siempre estaban apuntándonos con armas. En la casa empezaron a romper todo, a buscar cosas. Yo lo conocía a Riuli y lo vi ahí. El juez Brusa me decía "Che, gorda, no te dejés pegar, decí la verdad”. Ella repetía que el marido estaba en el médico.

Juana con Noelia Zarza, una de las abogadas de la Causa.

Estaba de rodillas cuando llegó Catalino. A él lo golpearon, lo tiraron al suelo. En el barro, recuerda Juana, porque ese día había llovido. Ella le llegó a decir: “Bueno, viejo, se acabó la libertad”. Y enseguida escuchó la amenaza: “Callate, hija de puta, que te voy a volar la cabeza”, mientras le seguían apuntando.

En ese momento la secuestraron a ella, a su hijo Mario de 14 años y a Catalino. En el camión donde los subieron estaba su cuñado, Miguel. Ella lo saludó y la misma voz le repitió: "Callate, hija de puta, que te voy a volar la cabeza”.

Los subieron al camión y marcharon unas tres o cuatro horas. Algunas veces paraban, dice Juana, y les decían: “No vayan a respirar ni a toser”.

Primero bajaron a Mario y a Miguel. A Catalino y a Juana los llevaron a una casa, pero a ella la dejaron en el camión. Juana recuerda: “Parecía de madrugada. Cuando llegamos, torearon unos perros. Ahí lo bajaron a mi marido. Y ahí lo torturaron, más o menos cuatro días. Yo escuchaba que gritaba, ponían la radio a todo volumen, pero yo escuchaba igual”.

Juana escuchaba también el graznido de las gallaretas, de los patos, el sonido del agua como si hubiera un río cerca.

Una de las personas que la tenía encerrada en el camión le preguntó cuántos hijos tenía. Ella respondió y les dijo que estaba embarazada. “Este hijo de puta, tiene la mujer embarazada”, se quejaron. Juana piensa que no le creyeron. Ella dio el nombre del médico que la atendía. “Parece que averiguaron, no sé, la cuestión es que a mí no me torturaron ahí”.

En el camión estaba vendada. “Yo estaba en el camión acostada y como tengo la nariz alta, los vi a Riuli y a Perizotti. Riuli dijo ‘mirá esta hija de puta, me está mirando’. Subió al camión y me pisó la cara. Aún hoy tengo esa cicatriz”.

Cuatro días después, a Catalino lo volvieron a subir al camión. “Cuando lo trajeron, estaba todo golpeado, tenía los ojos hinchados, la boca lastimada, la lengua hinchada, no podía ni hablar. Estaba todo ensangrentado y él estaba bien limpio cuando fue al médico”, recuerda Juana. Y asegura: “Poquito más lo matan con la tortura”.

Catalino le contó que lo habían torturado en una cama con elástico, que le tiraban agua y le arrimaban la picana por todos lados. “Hasta en los testículos”, dice Juana.

Después dejaron a la pareja en una ruta y los levantó un auto, en el que los llevaron vendados.

A Juana la llevaron al D2, donde estaba Mario. Un día la sacaron para tomarle declaración. “Yo escuchaba que escribían en la máquina. Y me preguntaban siempre lo mismo: qué hacía mi marido, en qué andaba. Yo le dije que no sabía. La verdad es que yo no sabía. Sabía que era delegado del frigorífico de Nelson”.

“Después me dejaron con mi hijo toda la noche, sentada en un un espacio chiquitito. Mario preguntaba qué había pasado con los hermanos, yo le dije que no sabía, que nos habían secuestrado. Al otro día me sacaron y también me tomaron declaraciones. Yo estaba vendada. Me dejaron levantar la venda solamente para firmar un montón de papeles que no sé qué decían”.

Dice que no pudo ver a las personas que la golpearon en ese lugar, pero que reconoció la voz de Riuli. “Después me llevaron de ahí y a mi hijo Mario lo dejaron. Mario estuvo creo que dos meses ahí”.

A Juana la trasladaron a la Guardia de Infantería Reforzada. Ahí estaban su hermana Elba y sus cuatro hijos: Graciela (15 años), Miguel (8), José Santiago (5) y Rodolfo (3). También sus cuñadas: Marciana Páez, Ramona Páez y María Páez. Ahí estuvieron más de un mes, en una pieza.

“Cuando estábamos encerrados en esa pieza y parecía que iba a haber una inspección,o algo así, nos escondían abajo una escalera. Mi hermana tenía a los chicos y les decían: ‘Más vale que no vayan a hablar, quédense en calladitos’”, dice Juana.

Mientras estaba secuestrada, el genocida ya fallecido Juan Perizotti le dijo: “No te aflijas porque a los chicos te los tengo yo. Los tengo en una quinta”. Juana dice que se quedó un poco más tranquila. 

Cuando la liberaron, la llevaron en auto con sentido a Rosario. Ella preguntó adónde la llevaban y pensó: “Acá me van a hacer boleta”. Pero Perizotti le respondió: “Vamos a buscar a tus hijos porque te mentí. Yo no tengo a tus hijos”. “Era de cuenta que me habían echado un balde con agua fría. Los chicos quedaron sin nada”, dice Juana. Con Perizotti, agrega, iba “una señora pelirroja” que Juana cree que era policía.

En la casa de Lima no había nadie, estaba todo desordenado, les habían robado casi todas las cosas. Los chicos tampoco estaban. Juana fue a la casa de su amigo en Zárate, que le dijo que había tenido a los chicos unos días pero que no podía alimentar tantas bocas.

Después fueron a San Nicolás. Mónica estaba en un hogar de monjas, los varones en otro hogar y los varones más chiquitos con una familia.

Dice Juana que, cuando le dieron la libertad, Brusa le dijo: "Andate a tu casa, busca a tus hijos y andate a la casa de tu hermana. No vayas ni a la policía ni a nada. Quédate ahí y en dos meses vení a buscar a tu hijo, a Mario. Acordate que lo tenemos nosotros”. Dos meses después, ella lo fue a buscar.

Unos años después volvieron a Laguna Paiva. No tenían luz, ni agua. Les habían llevado todo. “Nos alumbramos con vela hasta que yo pude conseguir trabajo. Y pude poner los chicos en la guardería, los más grandes, pues los chiquitos tampoco me los recibieron. Así que yo trabajaba con los chicos”.

Juana cuenta que, después, vio en muchos lugares a Riuli, pero que nunca dijo nada. “Por miedo, porque estábamos muy amenazados”.

El testimonio de Juana se escucha a través de una pantalla. Es la declaración que prestó durante el juicio Laguna Paiva I.

La hermana menor

María Deolinda Itatí Páez le cuenta lo que vivió al tribunal. Nació el 3 de septiembre de 1980 y supo lo que ocurrió con su familia en febrero de ese año cuando era adolescente. En la escuela le decían “Deofea” y ella se quejaba con su madre, Juana, por el nombre que le había puesto. Juana se limitaba a responder: “Son nombres lindos, yo te los puse con mucho amor”. Pero un día le contó la verdadera razón de aquellos nombres.

En la década del 70, su papá Arnaldo Catalino Páez, trabajaba en el frigorífico de la localidad de Nelson y participaba del sindicato. “Cuando los militares entraron al gobierno, ellos tuvieron que salir de Laguna Paiva porque lo estaban persiguiendo y corría peligro su vida y la de su familia. Mi papá nunca se iba solo a ningún lado. Siempre iba con su familia. Y mi mamá siempre iba con mi papá”, dice María.

La familia recorrió varias provincias, hasta que llegaron a Lima y allí trabajaron en una ladrillería. El 15 de febrero de 1980 secuestraron a su hermano Mario, a su papá y a su mamá.

“Los secuestraron, los torturaron. Y mis hermanos quedaron solos. Siendo muy niños se encontraron sin su madre, sin saber si la iban a volver a ver. Mi hermana (Mónica) siendo una niña se convirtió en madre protectora. Mi hermano menor (Ceferino) aún tomaba el pecho. Y mi hermana trataba de consolarlo poniendo su dedo en su boca para así poder darle aunque sea un poco de alimento”, relata.

María se emociona. Le cuenta al tribunal que siempre le pregunta a su mamá por qué se pone así cada vez que habla del tema. “Mi madre dice: ‘Estabas en mi panza. Cada golpe, cada angustia pensando dónde estaban tus hermanos, también los sentiste’”.

“Mis hermanos eran niños y fueron abandonados como quien tira un perro en la ruta. No les importó si iban a sobrevivir. Esas personas también tenían hijos, también tenían familia”, prosigue.

Dice que Mónica le contó que tuvo que andar por varios lugares con sus hermanos, tratando de encontrar dónde refugiarse y sentirse a salvo. “Pero las personas que encontraban vivían en situaciones precarias, con muchos hijos. Nadie podía tener tantos niños, más bocas que alimentar”, dice María.

Y resalta algo que dice Mónica: “Yo lo único que quería era que estuviéramos todos juntos”. Al horno llegaron unas personas diciendo que eran de la Cruz Roja y se los llevaron. Mónica aceptó con la condición de que no los separen. Pero a ella la mandaron a un hogar de monjas, a Ramón, Alberto y Carlos a otro hogar y a César y a Ceferino con una familia. 

“Mónica sintió que perdía todo. No sabía si los iba a volver a ver. Aún siento su dolor vivo cada vez que tenemos que hablar de esto”, relata.

Recuerda también que su hermano Ramón le contó sobre la vez que volvió a ver a su madre, cuando la liberaron y ella lo fue a buscar al hogar. Él le dijo: “Cuando la vi a mami parada en el pasillo corría, corría, corría y el pasillo no se terminaba más”. “Él solo quería ver a mi mamá”, agrega María.

María Deolinda Itatí Páez, Federico Pagliero y Alberto Páez

Después de buscar a sus hijos y de encontrarlos, Juana fue con ellos a Esteban Rams, donde vivieron de manera muy precaria, sobreviviendo de lo que se podía. Algunos años después volvieron a Laguna Paiva.

“Y encontraron la casa totalmente destrozada, llena de pulgas, cucarachas, árboles dentro de la casa. No había absolutamente nada, ni muebles, ni camas, ni cocina ni nada, ni un tenedor”, describe. Y subraya: “Mi mamá nunca se dio por vencida. Ella dijo: ‘Bueno, vamos a empezar otra vez’”.

A Catalino lo liberaron en 1984.

María recuerda que durante su infancia y su adolescencia su mamá los protegía mucho. “Nos esperaba cuando salíamos de la escuela, nos llevaba hasta la escuela y entraba. Yo quería salir con mis amigos y ella me decía ‘no, porque no conocés’".

A través de su hermano Ceferino supo que una persona del pueblo había estado en el secuestro: Eduardo Riuli. “En ese momento era periodista, trabajaba en la radio y en la televisión. Era una persona muy conocida, a la que nunca habría asociado con algo así”, dice María.

Un día ella estaba con Mónica y su mamá en una heladería de Laguna Paiva. “Pasó Riuli, miró a mi madre y yo nunca había visto esa mirada en ella: había quedado totalmente paralizada. Yo me paré y ella me agarró la mano y me dijo, ‘no, sentate’. Yo no entendía la dimensión del miedo con el que mi mamá vivía, con el que vive aún”.

Los abogados de la querella le preguntan cómo era Catalino. María pone, una vez más, la memoria en palabras: “Mi papá era un viejo generoso. Siempre trataba de ayudar a todos. Nosotros vivíamos en un barrio alejado de Paiva, ahora ya es más grande, pero cuando él fue era campo. Y no teníamos nada, no teníamos ripio, ni salita, ni placita, nada. Y mi papá iba a la Municipalidad, pedía que pongan un dispensario, que pongan una placita para los chicos, porque había muchos chicos. Pedía el transporte porque había chicos discapacitados que no podían salir de allí, que pudiera pasar una ambulancia, que hicieran un ripio. Los chicos del barrio venían a la casa a tomar mate cocido, a comer un huevo frito, porque siempre tenía una gallina, un huevo. Él era así, muy generoso”.

María Deolinda Itatí. Ese es su nombre completo. Cuando Juana estaba en el camión y caía la noche, le decían que se podía sacar las vendas. Ella escuchaba cómo torturaban a Catalino y pensaba: ‘En algún momento me va a tocar a mí’. El camión tenía una ventanita muy chiquita en uno de sus costados. Por ahí, Juana veía las estrellas. Y veía la constelación de las Tres Marías. Tres estrellas, una por la Virgen María, otra por Deolinda, la Difunta Correa y otra por la Virgen de Itatí. Así eligió los nombres del bebé que esperaba.

María Deolinda Itatí Páez afirma: “Por 46 años, mi familia se sintió prisionera en su propio pueblo. Nunca nos sentimos libres de andar por ningún lado. Queremos sentirnos libres y que nuestros hijos y sobrinos puedan andar tranquilos por Laguna Paiva. Que mi madre y mis hermanos puedan decir: ‘mis hijos están bien y van a estar seguros y tranquilos’”.

Y concluye: “Estas personas tienen que estar en la cárcel porque cometieron delitos atroces. Nosotros tuvimos la suerte de no desaparecer. Tuvimos la suerte de seguir vivos. Pero la vida no es suerte. La vida también es justicia. Creemos en la ley y creemos en la Justicia”. 

Por último, le dice al tribunal: “Creemos en ustedes”.

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