Foto: Tamara Naymark

Murió el hermoso poeta del litoral. Fernando Callero recibió en su casa y con su minuciosa y cálida lectura a todos los escritores, a todas las escritoras, a toda una nueva generación de las letras a la que él le abrió la puerta en su peregrinar de C Negra Cuatro Bocas.

Con sus poesías, sus novelas, sus cuentos y su labor como editor, Fernando vino antes, como desgarrado y alegre sátiro. Su estrella ascendió con Ramufo di Bihorp, un poemario breve editado casi como una pequeña revista, con tapa verde blanda. Esas poesías habían ganado el Premio Provincial de Poesía José Pedroni en el 2000, en un mundo donde no había ni subsidios ni programas de apoyo ni nada. Callero hacía algo nuevo en el lenguaje con su biografía, con los paisajes de monoblock de Santo Tomé, con su infancia de púber mañoso de Concordia, con las incipientes raves de Santa Fe donde bailaba como caballo.

Hizo el exilio europeo de comienzos de siglo, de donde surgió El Espíritu del Joven Borja. Muy poco tiempo después lanzaría Ediciones Diatriba, también cuando las publicaciones independientes todavía no eran fuente de prestigio o fama menor. «Somos unos sabuesos recontra curiosos que andamos echando
el ojo a cuanto pibe se haya puesto a contar versos», decía sobre su sello.

Fernando fue marcando ese camino también con sus talleres en su casa, un poco incómodo al ocupar el rol de docente en un aula. De distintos modos, todos y todas pasaron por su laboratorio. “Se me aparece la imagen del científico loco encerrado en su gabinete desculando sentidos”, supo describir de su tarea.

En las fiestas se deliraba por la música. Era feliz como invitado con Los Todopantalla, tocó canciones de su alter ego musical, Salvador Bachiller, cada vez que pudo y hasta en estilo fogonero. Le podía hacer un escándalo a Leo García o agarrar la guitarra a pelo delante de una audiencia improbable de periodistas, que desconocía de punta a punta todas sus canciones, y ganársela.

Si existe algo así como una literatura nacida de los egresados de Letras o del mundo de la Feria Editorial y si hubo algo parecido a un ambiente de arte indie, de jóvenes del cine y la Mantovani, Callero ya estuvo siempre ahí, antes, y a todos y todas recibió y le dio el pase, salvaje y generoso.

En 2013, Iván Rosado reunió su poesía en Al Rayo del Sol. Entre 2013 y 2016 publicó sus tres columnas literarias en Pausa. “A dos aguas” fue la primera serie, “Mil mates” la segunda y “Médula”, la tercera, cuyos textos luego fueron editados por Nudista con el título C6C7. Esas fueron las vértebras cervicales que Fernando se rompió a fines de 2014, cuando cayó con su bicicleta, de noche, en un gigantesco pozo sin señalizar y sin luz de una obra vial municipal, a pocos metros de su casa de Santo Tomé.

Estuvo horas ahí, consciente, esperando ayuda. Dicen que, cuando llegaron a socorrerlo, los agentes conversaban entre sí preocupados e imaginaban “Qué horror, esto pudo haberle haber pasado a un niño”. Y que, todo desparramado y dolorido en el fondo, quebrado para siempre, Callero los devolvió a la realidad: “Yo soy un niño”.

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