La derrota electoral dejó expuesto a un gobierno estallado. Las renuncias masivas, una apretada cuyos escenarios de salida son todos negativos. A 20 años del 2001, una crisis institucional inédita tras cuatro años de malaria, de cara a los cataclismos que ya están llegando en las próximas dos décadas.

Una herramienta electoral no necesariamente deviene en un partido de gobierno y un partido de gobierno no necesariamente puede estar a la altura de las tareas que demanda el Estado en su contexto coyuntural –el día a día de constante emergencia– histórico –la proyección de una gestión dejando una marca transformadora en las generaciones futuras– y, porque a veces pasa, excepcional –la confluencia entre la peor crisis mundial económica y sanitaria con la implosión local que legó el macrismo. Ante una caída electoral más producida por la propia pérdida de votos que por el avance de la oposición, los remaches del Frente de Todos saltaron para todos lados, dejando como saldo una triste inquietud –¿acaso fue sólo una herramienta electoral?– y un peligroso cuadro de inestabilidad donde la presidencia queda debilitada en todos los escenarios.

Este espectáculo de una interna a cielo abierto es visto por esos votantes que menguaron su apoyo en las primarias. Votantes que llevan cuatro años de malaria sin fin y que tienen uno o dos conocidos, sino familiares, que murieron por coronavirus durante la pandemia, una verdad estadística indefectible. A través de la TV no deja de parecer un infame e incomprensible show de egoísmos, difícil de aceptar en el marco en el que estamos y de separar de los otros escándalos que signaron recientemente a la gestión, como la foto del cumpleaños y el vacunatorio vip. Cuando expuestas, tanto las roscas como las intrigas de palacio insultan las angustias de los necesitados. El macrismo mira las mismas pantallas y come pochoclo.

No salió

Sacando a las expresiones más marginales, de Miguel Pichetto a Guillermo Moreno, en 2019 el Frente de Todos aunó a todos los fragmentos del peronismo, zurcido por el acuerdo estratégico que concretó la vicepresidenta –dueña de la mayor porción de votos– con el presidente, cuando literalmente lo designó. Las diferencias internas tenían más de una década, primero de la mano de Felipe Solá, luego del mismo Sergio Massa y todo el espacio del Frente Renovador, que en 2016 gozaba de poner un representante en el Foro de Davos, por invitación del presidente Mauricio Macri. Además del massismo, están los movimientos sociales, también de variopinto color, los peronismos provinciales, cada uno con sus características propias, la CGT y la CTA, y más sectores todavía. La unión ante el espanto macrista venía decantando desde 2017, la herramienta electoral fue eficaz.

Ahora quedó en evidencia el déficit de llegar al paso siguiente, la construcción de un método para procesar esas diferencias de forma productiva y en función de un modelo de gobierno coordinado para una situación de crisis profunda, la peor desde 2001. Sobre esa tarea gigante se sumó la mayor excepcionalidad en la historia moderna, la pandemia de coronavirus. Si había confianza en que los melones se acomodaran con el avance de la gestión, la pandemia extremó los desafíos. Era la gloria o la mierda como destino.

Los crujidos se venían oyendo de lejos. El primer chispazo se notó en la distancia entre la Nación y los gobiernos provinciales durante el tratamiento de la pandemia, imperceptible para los medios de la Capital Federal que fungen como nacionales. Muy tempranamente se notaron los tironeos respecto de quién se hacía cargo de qué respecto de las medidas de restricción y cuidado. Unos pedían que se hagan cargo otros, el bonete iba saltando, el control e implementación eficaz de las cuarentenas quedó flotando en el aire y cada distrito, al final, jugó la suya. La descoordinación llegó al paroxismo en septiembre de 2020, cuando en pleno ascenso de la segunda ola en las provincias, después de que Buenos Aires incumpliera totalmente su retorno a la Fase 1, la Nación comunicó las (no) medidas para las provincias a través de un videíto.

Los chispazos sucesivos fueron reseñados por la prensa. Las idas y vueltas con la nacionalización de Vicentín, una oportunidad mal manejada que quedó en la nada. Las idas y vueltas con los subsidios a las tarifas, con la (no) renuncia del camporista Federico Basualdo, subsecretario de Energía Eléctrica, y la puesta en público del conflicto entre el ministro de Economía, Martín Guzmán, y el kirchnerismo. CFK voceando que había “funcionarios que no funcionan” y diciéndoles luego «vayan a buscar otro laburo». La fallida reforma judicial, de extemporáneo lanzamiento, y la renuncia de la ministra de Justicia, Marcela Losardo. Guzmán cuestionado por la falta de un IFE 2021, por las paritarias por debajo de la inflación y por el acuerdo futuro con el FMI. La ministra de Salud y el ministro de Educación anunciado la apertura de clases y, a los pocos días, el retorno a la imprescindible cuarentena dura. Todas faltas de coordinación que, en cierto modo, fueron morigeradas por el acuerdo monolítico que lograron las leyes buscadas por el gobierno en el Congreso, donde el bloque oficial no se desgajó.

El gobierno que no terminó de cuajar capeó mal su contexto excepcional, las urnas dieron cuenta de la pérdida de apoyo, que no trocó en preferencias para la oposición. Y a tres días de las primarias, vino una apretada nunca antes vista.

Me llevo la pelota

La presentación en bloque de las renuncias de los funcionarios kirchneristas no puede no ser leída como una apretada fenomenal sobre la presidencia. El problema es que no sólo impacta sobre la ya deslucida y grisácea figura de Alberto Fernández, sino que también es una muestra de debilidad de la principal fuerza interna del gobierno. Por más loteada que esté la gestión, CFK puso su lapicera en las listas legislativas de 2019 –y en las de 2021–, un hombre propio gobierna el principal distrito del país, Axel Kicillof, y su hijo es el jefe de bloque oficial en Diputados. Que los ministros kirchneristas hayan llevado la acción a este extremo de tensión significa que todas las instancias previas no funcionaron o no existieron, quedando a la vista la maquinaria o, más bien, su falta. Y en el peor momento, agravando la derrota electoral y la salida institucional a la crisis.

(Vale aprovechar la oportunidad: entre los «funcionarios que no funcionan» sí que están al menos dos de los renunciados, como Juan Cabandié, titular de Medio Ambiente, y Tristán Bauer, de Cultura, dos perfectos inútiles. A uno se le quemó medio país en la cara y el otro hizo la nada misma por los trabajadores de la cultura en la pandemia, encerrado en su nube de metano hecha de batalla cultural y humo capitalino).

La resolución coyuntural resultará en pérdida para todos. Si Alberto se queda con todo el gabinete, inventando el albertismo, pierde la legitimidad electoral de CFK, que queda también en una posición imposible; si Alberto renuncia al control del gabinete, muta a ser realmente Albertítere, otra posición imposible; si hay tablas, acaso el mejor resultado, el penoso show ya está hecho. En ninguno de estos tres escenarios queda claro de qué oficia Sergio Massa.

Como sea, la resolución profunda, lograr un mecanismo de gobierno coordinado, parece estar demasiado lejos. Hace 20 años ocurrió el 2001, el peor estallido social de Argentina. Sus elecciones previas, intermedias, tuvieron mayor participación del electorado que las primarias del domingo pasado. El Frente de Todos llegó al poder como la promesa de volver a salir de la crisis, como se logró a partir de 2003. El gobierno actual parece no tener muy en claro cómo sería volver a lograr eso. Ni siquiera, mucho menos, su tarea para ir trazando los caminos para enfrentar su verdadera tarea histórica, su modo de dejar una huella real de cara a los desafíos descomunales, al cataclismo que se nos cae encima nomás en las próximos 20 años y que ni siquiera existe en la agenda política.

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