Foto: Gisela Curioni.

Seis mujeres que participaron por primera vez del Encuentro comparten sus vivencias en La Plata. Por qué decidieron viajar, y qué les dejó la experiencia.

¿Por qué los (hasta hace poco llamados) Encuentros Nacionales de Mujeres son cada vez más masivos? Las fotos se repite año a año: miles en las calles, con sus banderas de colores, con sus columnas organizadas. Semillero de retratos del glitter, de pibitas cada vez más chicas con carteles que apuntan directo al patriarcado. Colectivos repletos de mujeres de barrios, de militantes políticas; ventanillas con miradas que empiezan a descubrir por sí mismas qué es esto de los Encuentros.

En La Plata se las veía andar por las diagonales bajo la tormenta, con pilotines de nylon y el mate en la mano, nunca de a una. En cada esquina las mochilas con pañuelos, el paso regular de grupos que esquivaban los charcos en busca de quién sabe qué taller o qué actividad. No hubo acto de apertura y daba la sensación de que, en la tierra donde todavía gobierna Vidal, un camión hidrante gigante nos aguaba la fiesta. Llovía que daba bronca: las históricas se acordaban de aquel Encuentro en Rosario que llovió así los tres días.

—¿Y qué hicieron?

—Nos reunimos en el hotel e hicimos los talleres entre nosotras.

Así podría definirse lo que es un Encuentro: un puñado de encuentros. Tres días de palabras, de historias, de experiencias compartidas. Me preguntaba entonces por las compañeras que viajan por primera vez, aquellas que vienen con las expectativas del agite, de la magia que se vive cuando estamos juntas y tenemos la certeza de que somos infinitas. “Los Encuentros te cambian la vida”, escuché decir varias veces. Algo de eso debe haber, porque pasaron más de tres décadas y una vez al año seguimos preparando el bolso y viajando kilómetros a una cita con miles de desconocidas que, una vez terminado todo, serán para siempre nuestras compañeras.

Florencia Peterlin vive en Sunchales. Integra la colectiva feminista La Viaraza. Cuando le pregunto el por qué del nombre dice que viene de una frase que usaban las abuelas: «‘le agarró la viaraza’ significa le ‘agarró la loca'», explica. «Es una forma de tomarle el pelo a quien nos dice locas», aclara.

Es la primera vez que Florencia se suma a la marea que se da cita todos los años. “Me interesó enriquecerme con los talleres, compartir con personas de todo el país, cosa que en un pueblo como en el que vivo no existe. Tenés que viajar para capacitarte, y no es tan fácil” cuenta sobre los motivos que la animaron a cruzar 636 kilómetros para participar del Encuentro.

Pasada la experiencia, sonríe: “Me encantó. Me muero por ir a San Luís. Lo que más rescato es lo que nos llevamos como agrupación. Nos hizo mucho más fuertes. Por ahí la lucha te desgasta y ese shock de sororidad, de energía positiva, de ver tantas chicas es lo bueno”.

Serena Mendoza está en su primer año de facultad y también La Plata fue su primera experiencia. Compara lo vivido en la capital de Buenos Aires con las marchas a las que fue en Santa Fe o en Rincón, donde vive: «Vi otra manera de desenvolverme y de compartir. Intercambiás más que en una marcha de una tarde. Hay más interacción. Son varios días, estás en contacto más tiempo con personas que vienen de todos lados y podés ver experiencias y aprender más que lo que conocés en tu entorno», expresa.

Foto: Gisela Curioni.

Ir al Encuentro

¿Qué impulsa a muchas mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis y trans de distintos puntos de una geografía extensa como la nuestra, a tener -por un fin de semana- el mismo plan que otras tantas?

«En años anteriores las compañeras de la feria donde voy me comentaban que iban con sus madres, con sus hijas. Me interesaba ir, pero nunca lo logré porque no tenía los medios» cuenta Silvia «Tata» Benítez, de barrio Centenario. Tata es feriante, artesana y madre de tres hijos. Desde hace un tiempo milita en la organización La Poderosa, donde se desempeña como educadora popular y tallerista del espacio textil. Además forma parte de la cooperativa textil de mujeres La Sublimada. La Plata fue su primer encuentro: «Ahora tuve la oportunidad de viajar. Fui con muchas compañeras, con mi hermana, con mis hijas, con mis sobrinas» indica.

Lorena Patricia Ingüis viajó con Tata y otras compañeras desde barrio Chalet. Se define como militante villera, feminista y empobrecida. Es cocinera, panadera, pizzera y repostera. «Me formé en lo que hago con muchísimo esfuerzo», señala. Hoy se desempeña en La Poderosa como educadora popular y tallerista del espacio de cocina. Además es referenta del espacio de Control Popular a las Fuerzas de Seguridad, desde donde resiste a la violencia policial que suele ejercerse en los barrios populares de la ciudad y reclama el pleno respeto de los derechos humanos. Este año tomó la decisión de vender productos de panadería y así juntar los fondos para ir al Encuentro.

Al otro lado del río Paraná, Emilia Moggia y sus amigas también se animaron. «Una empieza a elegir la perspectiva con la que quiere mirar el mundo, a debatir con amigas, hasta que en un momento empezamos a decir ‘bueno, necesitamos salir de este círculo íntimo’. Empezamos a participar de las marchas en Paraná y fuimos también a Buenos Aires a la votación de la ley del aborto. Y nos quedaba siempre el Encuentro» recuerda.

«A veces nos daba temor porque una no sabe bien de qué se trata, y lo que se muestra no es lo mismo que se ve allá», afirma. «No vengo de una militancia política, entonces soy un poco nueva en todo esto. Pero nos sumamos y la experiencia fue hermosa», añade.

Claudia Hoyos integra la Mesa por la Paridad y la Campaña Nacional por e Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Militante política y feminista desde hace años, también este fue su primer encuentro. «Se dieron las condiciones y, debo reconocer, me decidí por la insistencia de las compañeras. Fue el momento justo: por la efervescencia, las ganas y la lucha que venimos dando las mujeres en todos los aspectos de la vida», manifiesta.

Los talleres

Durante los Encuentros funcionan talleres que se organizan en edificios públicos, generalmente educativos. En La Plata la anfitriona fue la universidad nacional, que prestó sus aulas para que las y les asistentes pudieran debatir sobre los temas más diversos que nos aquejan como mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis, trans y no binaries. 87 talleres y diez conversatorios se dispusieron para el intercambio.

La convivencia ocurre caótica en las aulas, en las plazas o donde haya lugar para una ronda. “Entramos a un salón y había una charla de Actrices Argentinas. Estuvo muy buena porque contaban desde su experiencia, desde sus privilegios, desde cómo las oprimen, cómo pudieron conformar una colectiva y llevarla adelante” comenta Florencia.

“Después participé del taller de infancias y adolescencias trans. Ahí nos dimos cuenta de que la provincia de Santa Fe tiene algo más sólido que otras provincias con respecto a políticas de género, al equipo de ESI, a las titularizaciones. Eso es lo que me llevo: por ahí decís ‘qué bodrio Santa Fe’, pero terminás dándote cuenta de que se logró un montón” considera la joven.

Quizás la potencia política de los Encuentros radique en esos espacios. La resistencia ante la violencia patriarcal se teje con la palabra que circula horizontalmente, sin guiones ni otro consenso previo que no sea la escucha respetuosa.

«Cada lágrima que veía en compañeras de todas las provincias las sentí a flor de piel porque viví muchos casos como los que pasaron ellas: la prostitución, ser víctima de trata de persona y de una violación a los nueve años. Escuché muchas compañeritas de muy poca edad que han pasado por lo mismo» se emociona Lorena.

«Antes pensaba que era solamente yo quien había sufrido siendo mujer. Hoy me puedo dar cuenta de que no fui la única. Muchas mujeres pasaron por lo mismo» dice Lorena. «Había testimonios que empezabas a escuchar y te ponías a llorar a la par de ellas. Te daban ganas de abrazarlas y consolarlas. Escuchar cómo salieron adelante es muy movilizante» cuenta su compañera Tata.

«Me quedé sorprendida y fascinada por la modalidad de los talleres» sintetiza Emilia. «No había nadie dictándote un taller y vos escuchando como en la facultad, sino que era algo a construir entre todas. Cada una va hablando y las otras escuchando. Es lo que la gente no ve del encuentro: la organización que hay entre nosotras» asegura.

Foto: Gisela Curioni.

«Un antes y un después»

Tata logró convencer a sus hijas para que también viajen. «Y vinieron súper emocionadas» asegura con alegría. «Dicen ‘Jamás pensé que iba a vivir las cosas que vivimos en el Encuentro de Mujeres’. Mis hijas tienen 29 y 27 años. La más chica era medio hosca, pero vino feliz. Hoy me dijo ‘yo no me callo más, voy a luchar por mis derechos'», se enorgullece. «Vine del Encuentro muy movilizada por la cantidad de mujeres, la garra, la furia que le ponían para hacerse escuchar. Me dejó las ganas de seguir alzando la voz para que hagan valer nuestros derechos» manifiesta.

La lluvia paró y el sol salió a tiempo. Lorena se acuerda de la marcha de 40 cuadras de extensión, que recorrió siete kilómetros desde el centro de La Plata: «Ahí sentí que mi grito era el grito que callaron de muchas compañeras que aparecieron muertas, o que no aparecieron más. Vine con mucha más fuerza para seguir luchando por mí, por mis familiares mujeres y por todas las mujeres. Con mi lucha y mi grito puedo llegar a todas partes y no voy a callarme nunca más, como lo hacía antes».

«El encuentro te da la oportunidad de ampliar el debate, de conocer las realidades de otras personas y darnos cuenta de que nuestra lucha nos hermana con otros pueblos. Es darnos cuenta de que no estamos solas» dice Claudia. «Me hizo dudar de cosas que las había pensado de una manera y ahora me las cuestiono: está bueno entrar en contradicción para avanzar y crecer en el feminismo, en una sociedad cambiante donde la inclusión de todas y todes debe ser una realidad» reflexiona.

«El Encuentro es estar juntas y juntes a pesar de la crisis, de nuestros duelos, de nuestras terribles realidades. Poder ayudarnos a levantarnos, a glitterearnos, a llorar abrazadas, a querernos desde lo más profundo y a luchar con la alegría y la emoción de -al menos yo- no ser la misma después de este encuentro» concluye.

«Fue un antes y un después» define Emilia. «Todavía estoy bastante revolucionada, creo haber sentido emociones que no conocía. Estuve todo el tiempo al borde de las lágrimas por la emoción. Me sentí acompañada, me sentí parte» rememora. «En la tele te muestran una cosa que en realidad no es. Ahora es más fuerte el compromiso de seguir peleándola con otras compañeras».

Serena finaliza con una invitación: «Les diría a las mujeres que si pueden vayan, está bueno ir de a muchas y compartir como lo vivió cada una». En otro punto de la ciudad, Lorena agrega en el mismo sentido: «Lo mejor que les puede pasar en la vida es ir a un Encuentro, encontrarse, hermanarse y abrazarse con cada una de las compañeras». Y cierra poniendo en palabras el deseo de todas: «Ojalá que el año que viene seamos muchas más».

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