En una época donde casi todo nos invita a pensarnos como individuos aislados, un evento deportivo sigue siendo capaz de producir algo parecido a un sentimiento de pertenencia colectiva. La pregunta incómoda llegará cuando termine: ¿cómo generamos esos espacios cuando no hay Mundial de por medio?

Por Macarena Maspons*

Venimos de duelar todos juntos al Indio. De marchar juntos por Ni Una Menos y la tragedia de Agostina. De angustiarnos, de tenernos juntos. De recordar recitales a los que algunos ni siquiera fuimos y rememorar escenas de cuidado entre mujeres. Ahora un nuevo tema parece convocarnos a todos: el Mundial. Si trabajamos o no durante el partido de Argentina, qué otras selecciones vale la pena ver, dónde nos juntamos, quién lleva las birras.

Quizás el Mundial sea, antes que nada, una excusa. Una excusa para volver a encontrarnos alrededor de una conversación compartida. Durante algunas semanas volvemos a hablar de lo mismo, a recordar las mismas historias, a intercambiar pronósticos y a organizar rituales que, aunque parezcan triviales, nos reúnen alrededor de una experiencia común. Eso no es poco en una época donde cada vez son más escasos los espacios capaces de convocarnos por fuera de nuestras diferencias.

¿No había cosas más importantes?

Cada Mundial reactiva la misma discusión. ¿Cómo vamos a estar hablando de fútbol cuando hay inflación, corrupción o crisis política y social? La pregunta no es absurda. De hecho, resulta difícil no notar que el día en que se conoce la declaración jurada de bienes del Jefe de Gabinete (incluida la explicación sobre un generoso pendrive) coincide con el inicio del Mundial.

Parecería que hay que elegir entre indignarse o entusiasmarse.

Pero la experiencia humana rara vez funciona de ese modo. Uno puede estar angustiado por la situación económica y emocionarse con un gol. Puede preocuparse por el futuro y abrazar a un desconocido en una plaza. La alegría colectiva no elimina el malestar social.

Quizás lo indignante no sea que la gente mire fútbol mientras existen problemas urgentes. Lo urgente es notar que, en un contexto donde tantas instituciones parecen incapaces de ofrecer horizontes compartidos, un evento deportivo siga logrando reunir conversaciones. Las manifestaciones populares rara vez son triviales: expresan deseos, identificaciones y formas de pertenencia que difícilmente encuentran otros canales de expresión.

¿Qué nosotros es posible?

En tiempos donde casi todo nos invita a pensarnos como individuos aislados (el éxito económico, la productividad, el cuerpo, la terapia, los algoritmos personalizados) el Mundial sigue siendo una de las pocas experiencias capaces de producir algo parecido a un sentimiento de pertenencia colectiva.

Freud observó que el sujeto bajo la influencia de la masa experimenta una modificación muy profunda de su actividad anímica. No es simplemente una pérdida de individualidad. Sino también una forma de vínculo. A través de identificaciones compartidas aparece un nosotros que permite reconocernos momentáneamente como parte de algo común.

Sin embargo, no cualquier nosotros produce los mismos efectos. El mismo Mundial que genera encuentros y celebraciones también es escenario de discriminación, racismo, xenofobia y nacionalismos excluyentes. Las recientes situaciones que involucraron a deportistas, árbitros y delegaciones de distintos países evidencian las dos caras del fenómeno mundialista: la potencia de sentirnos parte y la rutinaria violencia que ejerce el poder sobre los cuerpos.

Lo que no puede hacerse en soledad

Hay emociones que parecen necesitar de otros para existir plenamente. El entusiasmo de un recital. El canto de una tribuna. El festejo de un gol. Durkheim llamaba a esto efervescencia colectiva: esos momentos excepcionales en los que la vida en común produce algo que excede a cada individuo.

Por su parte, Spinoza definía la alegría como el afecto por el cual aumentamos nuestra potencia de actuar. No se trata de negar los problemas ni de vivir en una felicidad ingenua. Se trata de sentirnos más capaces de vincularnos, participar y proyectar. Tal vez por eso los rituales colectivos resultan tan valiosos. No porque resuelvan nuestras dificultades, sino porque nos permiten experimentar algo más que preocupación.

Quizás la pregunta incómoda aparezca cuando termine el Mundial, cuando se apaguen las pantallas y las conversaciones vuelvan a tomar caminos distintos. El desafío no es sostener eternamente un clima mundialista. El desafío será poder generar lugares colectivos donde orgullosamente sentir que formamos parte de algo en común.

*Lic. en Psicología. Integrante de Metáfora - Psicoanálisis y Salud Mental

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